Mademoiselle D'Artagnan y los Tres Mosqueteros




Cabalgaba a horcajadas la joven aventurera sobre su caballo palomino.  Había dejado atrás su precioso hogar en la Gascuña, su madre llorosa, su padre furioso y un pretendiente sin goce ni beneficio.  Hacia París se dirigía la jovenzuela, sin más armas que un cuchillo para cortar queso y unas pocas monedas escondidas en el forro de la falda.  Cualquiera diría que una dama sola en el camino se mostrara tan risueña y falta de miedo pero no sólo reía nuestra protagonista que además cantaba, sin mucha entonación, todo sea dicho.  Tan alocada parecía que ni bandidos ni rufianes se atrevieron a cortarle el paso.
Riendo, cantando y arreando el caballo para que se diera prisa, todo lo que el pobre jamelgo podía dar de sí, llegó mademoiselle d’Artagnan a las puertas de París sin más contratiempos que un agujero en la media.  Oh, París, la ciudad de los sueños donde esperaba hacer fortuna o enamorarse, o las dos cosas juntas si el destino se mostraba generoso.  
Como andaba sedienta y sin gota de vino en la bota, se apeó del cansado amigo frente a una taberna que a esas horas tempranas se hallaba casi vacía.  Rebuscó en el bolsillo sus escasas posesiones.  Para un trago de celebración y un poco de heno para el caballo tenía.  Confiaba en su suerte y que su belleza y desparpajo le proporcionaran alojamiento gratuito al llegar la noche.

Estaba relamiendo la jarra añorando el vino que en el estómago bullía y en su cabeza flotaba, cuando entró un hombre corpulento y alto, de espaldas tan anchas que casi no pasaba por la puerta.  Ordenó cinco jarras... sí, he dicho bien, cinco jarras del mejor vino al posadero.  Qué buen partido, pensó la todavía sedienta d’Artagnan, a éste le saco el oro y el moro.
- Disculpad, caballero.  ¿Está libre este sitio en el banco?
Ni contestó el hombre que la pendenciera ya estaba frente suyo y habíase apoderado de una de las jarras.
- ¡Brindemos por la amistad!
- ¡Jovencita!  Ese vino es mío y no lo comparto ni con un hermano.
- Andáramos.  ¿Tengo yo pinta de ser vuestro hermano?
- Pinta de descarriada, tenéis más bien.
- El polvo del camino me ha envilecido pero sabed que vengo de familia honrada y digna, mi padre sirvió para el rey Enrique IV en calidad de mosquetero.
- ¡Hija de mosquetero!
- Callad, señor, si lo decís a grito parece un insulto.
- Hija de mosquetero, en ese caso vuestra es la jarra pero apartad la vista del resto.  ¿Y tiene nombre vuestro padre?
- D’Artagnan de Gascuña.
- Encantado, mademoiselle d’Artagnan, yo soy Porthos, mosquetero también - y sacando pecho, hizo alarde del cinto con bordados dorados que del hombro a la cintura le adornaba pero la mujercita más que entusiasmo mostró desilusión.
- ¡Oh!  ¿Y a tanto llega la paga de soldado?
- Ejem, no se hace uno mosquetero por la soldada sino por el honor...
- ...La aventura...
- …La diversión de una buena pelea...
- …El amor de las damas...
- Ejem, eso también, deberíais conocer a mi hermano de armas.
- ¿Es como vos?
- ¡Oh, no!  Es mucho más escuchimizado pero tiene buena espada.
- ¿Y vos?  ¿Tenéis buena espada?
D’Artagnan andaba juguetona a causa del zumo de uva, el mosquetero se dio cuenta del ataque pero afloró su timidez y grande como era su cara quedó teñida del púrpura más vivo.
- ¡Pardiez!  Qué pronto sube el vino - exclamó Porthos tratando de disimular la confusión.
-  A mi sí, que llevo ya lo mío, pero a vos os sube la vergüenza, que ni una gota todavía habéis probado.
- Descarada.
- Si lo que toca mi pie es cierto, más cosas tenéis arriba.
- Mala hembra.
- Eso no me lo decís en la cama.
- A fe que no.
Y al vuelo la alzó en brazos y para la trastienda la llevó.

- ¡Amo! ¡Amo! - gritaba la criada llena de espanto -.  Ruidos horribles se oyen en el almacén.  Un animal salvaje nos ha entrado.
Armado con la escoba, fue el posadero a ver qué ocurría pero no se encontró ninguna fiera devoradora de suministros, sino un ogro y una damisela a cuatro patas lanzando gemidos, soplidos y encharcados en sudor y otros fluidos que mejor no preguntar qué.
- Más trabajar, niña, es el señor Porthos que conversa con una amiga.  Por lo más sagrado...  no les molestes. Se dice que al último que le interrumpió un idilio, se le perdieron huesos por el cuerpo y en la cama postrado pasa los días.  ¡Chitón y a fregar!

Porthos descansaba medio desnudo sobre unos sacos tratando de recuperar el aliento.  La bella D’Artagnan reposaba también apoyada la cabeza en el mullido pecho peludo del mosquetero.
- Qué gusto, mademoiselle.  Decidme que os habéis quedado satisfecha porque cuatro es más de lo que acostumbro.
- Oh, no ha estado mal pero un quinto garantizaría que nos volviéramos a ver.
- Qué dolor me causais, no veo la manera de despertar al durmiente.
- Dejadme probar.
- Soy vuestro.
Y así la pilluela, haciendo uso de sus dotes orales, le habló la lengua de las gasconas al petit Porthos, que flácido, desmayado, casi muerto, colgaba a un lado de la entrepierna de su explotador.  Comenzó a prestar oídos, levantando la cabeza.  Ella le animaba amorosamente: Allez! Mon petit.  Y él estira que estirarás el cuello hasta conseguir alcanzar los labios calientes, adentrarse y presentar sus respetos a la jugosa lengua.  D’Artagnan se lo zampó por entero y no lo soltó hasta verlo convertido en un garrote.
- Si yo tuviera su energía...
- Shhh... mi campeón, dejadme montaros ahora a mí que bien habéis cumplido.
Dicho y hecho, la moza se sentó a horcajadas sobre Porthos tragandoselo de nuevo sin dificultad.  Qué montura tan firme, qué diferencia con su pobre jamelgo.
- ¡Arre, arre, caballito!
- Si me trotáis así, me vendré en seguida.
- Yo no me apeo, aguantad que ya llego.
Arre, arre y el mosquetero colorado resistiendo el brío de su amazona que, por ventura, mucha calentura llevaba acumulada y el roce pronto la hizo saltar y retocerse y dejar todo pringoso al feliz caballero.
- Apartad, mi dama, que esto salpica - y ya lo creo si salpicó, el alma soltó allí el gentilhombre, que otra cosa ya no le quedaba en la reserva -.  Ah, sois la mujer más increíble de París, casaos conmigo aunque suponga mi muerte por agotamiento.
-¡Uy!  Mal vamos.
- Almorzad conmigo mañana, al menos, y conoceréis a mis amigos.
- Si convidáis vos.
- Hecho.  Nos vemos a las doce en el hostal “Flambage des Porcs”, aquí os anoto la dirección, queda cerca del puente.
- Bien.  ¿No sabréis de alguna habitación para pernoctar hasta nuestra cita?
- Con gusto os alojaba en la mía pero mi casera es en exceso casta y puritana.  Hum... os anoto también la dirección del caserón de un buen amigo, decidle que venís de mi parte y os respetará.  Pero queda lejos, en Montmartre, por fuerza habréis de cruzar el Sena.
Se despidieron con un beso.  El mosquetero debía recuperar fuerzas y la señorita continuar sus aventuras.

Preguntando a doncellas risueñas y tenderos fondones, llegó mademoiselle al Puente Nuevo para cruzar el Sena pero con tan mala fortuna que la guardia del Cardenal Richelieu conquistada tenía ambas orillas del puente y a nadie dejaba pasar.
- Hola, caballeros -probó suerte la valiente poniendo su cara más angelical-.  Tengo necesidad de cruzar el puente para visitar a mi abuelita que se haya enferma en cama.
- Mucho lo siento, señorita, pero no puede pasar nadie hasta que demos con un mosquetero desleal que ha herido a un hombre de nuestra guarnición.
- Entiendo pero podréis ver que yo no parezco vuestro enemigo.
- Eso no lo sabemos, el tal mosquetero es conocido por su habilidad de travestirse.
- Oh, desde luego París está llena de sorpresas -descendió D’Artagnan de su caballo tratando de ganarse la confianza del soldado-, pero miradme bien, así, más de cerca... ¿Diríais que estos senos que asoman son de pega?
El pobre hombre enmudeció, no debía llegar la paga para visitar casas de citas y no estaba acostumbrado a mozas tan descaradas.  Apareció a su rescate el capitán, hombre de mundo y, posiblemente, de poco honor.
- Dejadme ver a mí que más experiencia tengo en estos menesteres.
Ni corto ni perezoso, el capitán fantoche metió la mano hasta el fondo del escote y agarró y palpó lo que quiso.  D’Artagnan le empujó para sacárselo de encima pero éste, ducho en afrentar mujeres, la inmovilizó contra un muro y ya la falda levantaba para dejar los muslos al descubierto.
- ¡Soltadme, cobarde!  ¡A mí!  ¡Socorredme! ¡Ayuda que me desgracian!
- Mis hombres sólo obedecen mis órdenes, señora, y ningún otro acudirá al rescate, no antes de haber acabado nuestro asunto.  Por otro lado, dudo que la virginidad sea una de vuestras cualidades, apestáis a hombre.
El mal caballero agarrada la tenía por el cuello, encajado se hallaba entre sus muslos, bajó un momento la guardia tratando de forzar el fortín y... ¡Pum! Patadón al canto.  D’Artagnan estaba tan furiosa que aún le arreó otro teniéndolo en el suelo protegiéndose las vergüenzas.  Pero la guardia reaccionó pronto viendo a su capitán postrado y llorando a lágrima viva, a por ella iban de un lado y otro del puente.
- ¡Ay, buen Dios! Qué gente esta que envían una guarnición entera contra una mujer indefensa.
    Sin más salida, saltó al agua para salvar la vida.  Hundiose la bella con todo el ropaje que llevaba encima.
    - ¿Habéis atrapado a la pelandusca?  Ya verá esa, no quería uno y le daré cien - exclamó el capitán con voz aguda.
    - No, capitán.  La loca ha saltado y no asoma la cabeza.  Si no es sirena, ya estará ahogada.
    Sirena no, pero sí buena nadadora de tantos veranos infantiles chapoteando en lagos y ríos.  Le faltaba el aire ya, ocurriosele buscar la sombra bajo el puente y tratar de burlar a sus perseguidores.  Ah, sacó la cabeza para respirar y una mano le agarró de la solapa del vestido.
    - Shhh, no gritéis o ambos estamos muertos - el hombre en la barca la ayudaba a subir a bordo.
    - Por vuestro uniforme, deduzco que sois el mosquetero que buscan esos perros del Cardenal.
    - Buen lenguaje, parecéis nacida en París pero vuestro acento os delata.
    - Gascona.
    - Aramis.
    - No, que soy de la Gascuña, mi nombre es D’Artagnan.
    - ¿Algún nombre más femenino?
    -  Charlotte me llaman en casa.
    - Precioso.  Precioso nombre, precioso rostro y preciosa voz.  Iba a delatarme para ayudaros al oír vuestros gritos de auxilio.
    - ¿Vos solo contra veinte?
    - Y contra cien si hiciera falta, mi dama.  Pero no ha sido necesario, vuestra bravura nos ha salvado a las dos.  Llamadme imprudente pero me he enamorado.
    - ¡Atchús! - estornudó estrepitosamente D’Artagnan.
    - ¡Ay!  Os matará antes una pulmonía que ese malnacido de Jussac.  Quitaos la ropa mojada.
    - Apartad las manos, caballero, o me vuelvo al agua.
    - ¡Oh, vamos!  ¿De verdad teméis de mí? Me desnudaré también para no avergonzaros...
    - ¡Quieto ahí!
    - Como mandéis.
    - ¡Aaaatchúúss!
    - Aceptad al menos mi casaca y capa para abrigaros, de lo contrario acabarán por descubrirnos.
    - No debería negarme a tal gentileza, además, me causaría dolor veros morir por mi causa.
    Sonrió satisfactoriamente Aramis y la ayudó a desanudar los cordones del apretado jubón.  Temió D’Artagnan que los senos tras la camisa mojada despertaran la fiereza del gentil pero éste se contuvo admirablemente y, si miró, que me consta que miró, pestañeó suavemente para no ofender, y si palpó, que a fe lo hizo, tuvo tanta gracia y delicadeza que no pareció intencionado.  Desanudó también la pesada falda y una a una las tres enaguas mientras las iba nombrando en susurros: misteriosa, modesta y traviesa.  Se quedó la joven en camisa sin más secretos y Aramis cumplió con su casta promesa de vestirla con su casaca pero a cada botón que abrochaba, un roce y un suspiro.
    - Llego tarde, la fiebre me ha adelantado - dijo Aramis.
    - Si mi piel arde no es de enfermedad…
Y diciendo esto, permitió D’Artagnan que Aramis la rozara con sus labios en la mejilla pero era Aramis un amante aventajado, sin prisa pero sin pausa, y a los pocos minutos se había hecho dueño de su boca.  Le pareció a D’Artagnan que aquella barca era un cómodo lecho de seda y plumas y el vocerío de los guardias, el suave murmullo de las aguas.  Se hallaba plenamente satisfecha por el encuentro con Porthos pero las manos de Aramis eran mágicas, con una caricia su cuerpo se abría dulcemente  y los gemidos exhalaban de su pecho.  Desconocía la manera de escapar del hechizo y se entregó confiada a lo que bien deseara hacerle su amante furtivo.  Pero éste se conformaba con besarla y apretarla contra sí deslizando sus piernas entre las de ella.
    - Si no hincáis algo, gritaré... - sufría D’Artagnan.
    - Y habló la virtuosa...
    - No os riáis de mi debilidad... porfavor...
    - Y no río, sólo caigo rendida ante semejante pasión.  Me quemáis en vuestro fuego.
    Entonces se dió cuenta D’Artagnan que Aramis se refería a sí misma en femenino y enrojeció tanto que el/la mosquetero temió está vez de veras por su vida.
    - ¡Ay de mí! - exclamó llorosa la gascona -.  ¡Qué maleficio es éste!  Creí que París era el Cielo y está resultando un Infierno lleno de diablos.
    - ¿Diablo yo?
    - El peor de todos.
    - Entonces me voy y os dejo sola - e hizo ademán de saltar de la barca.
    - ¡No, no!  Si saltáis, iré detrás vuestro.  Es sólo que no sé... no sé cómo obrar en esta situación.
    - Nada más sencillo.  Venid a mi regazo, niña, que yo os enseñaré.
    Y se lanzó la jovenzuela a sus brazos con tanto brío que la barca zarandeó y casi vuelcan.
    Mostrole Aramis a la pizpireta el arte del roce y del frotamiento, la gracia de unos dedos bien entrenados y la forma correcta de hablarle a su petite Aramis.
    - Lento... más lento... más abajo... más profundo... ah... - le corregía cariñosamente la maestra -.  Pero no estáis cómoda, giraos así y dadme de comer que yo también tengo hambre.
    Tumbadas sobre la barca en tal forma que no se veía dónde empezaba una y acababa la otra, la mosquetero la agarró firme por las caderas para que no escapara al envite de su boca.  Qué destreza, qué beso tan bien conseguido.  Intentó D’Artagnan hacer lo mismo a su vez pero le temblaba el cuerpo y sólo acertó a hundir la nariz en el vello rizado mientras su amante la bordaba con esmero.
    No sé cuánto tiempo pasaron en esa guisa, cuántas vueltas dieron, cuánto besaron, rozaron, untaron o lo que fuera menester, pero temieron que la barca hiciera agua con tanta humedad y hubieron de parar a descansar.  Abrazadas la una a la otra estaban cuando D’Artagnan se puso a sollozar.
    - ¿Por qué lloráis, pequeña?
    - Señora Aramis, sigh... me duele el corazón por vos...
    - Estad tranquila, yo lo cuidaré bien.
    - ¿De verdad?
    - Os doy mi palabra de mosquetero.
    - Tomadme como esposa.
    - Si eso fuera posible...
    Y suspiraron las dos al unísono.
    - Pero puedo hacer de este encuentro inolvidable.
    - ¿Más? - preguntó la aprendiz.
    Volvió al ataque Aramis con sus dedos mágicos pero en tal forma se adentró, palpó y pulsó, que la luz se apagó para la joven, dejó de respirar y al punto pareció muerta... para resucitar a los segundos profiriendo un placentero pero estruendoso alarido.
    - ¡Ay! ¡Ay, ángel mío, que esta vez nos ha escuchado hasta el Papa de Roma! -se incorporó alarmada Aramis prestando atención a lo que sucedía sobre el puente.
    Efectivamente, los guardias del Cardenal correteaban de un lado al otro tratando de buscar la procedencia del grito.
    - Si nos quedamos aquí, vendrán a por nosotras.  Si remamos, no acertaremos a escapar al alcance de sus balas.  Sólo veo una solución posible... Me vestiré con vuestras ropas y los alejaré.
    - ¡Oh, no!  Son demasiados.  ¿Qué pasará si os dan alcance?
    - No os preocupéis, nada me place más que un poco de ejercicio antes de la cena.  Es mi rutina diaria hacerme perseguir y repartir estocadas.  Dad por seguro que si Jussac se acerca a mí, lo convertiré en pincho moruno, jajaja.
    - Pero... ¿cuándo volveremos a vernos?
    - Todo París conoce a Aramis, daréis conmigo.
    - Pe... pero... habré de devolveros el uniforme.
    - Cierto, de lo contrario el Señor de Tréville me pondrá a limpiar las letrinas.
    - Mañana, en el hostal “Flambage des Porcs”.
    - De acuerdo... - Aramis se apuraba en atarse enaguas y falda sobre los pantalones -... A las doce...
    - ¡No!  A la una mejor, tengo un compromiso antes.
    - Está bien mi dama, a la una pues.
    Le colocó su sombrero emplumado, le dio un beso fugaz en los labios y saltó de la barca en pos de la aventura.
Ah, qué mujer.  Para allá que iba Aramis como zorra astuta alejando a los perros de su querida.  Míralos, cómo corrían tras una falda, pronto habían olvidado su misión de dar caza al mosquetero, primaban más las razones de la entrepierna.  No la alcanzarían, no, que era ella más rápida y más lista y aún alguno volvería a casa con los pies por delante.  

Una vez los alaridos de la jauría se apagaron, remó D’Artagnan hacia la orilla donde la esperaba comiendo tranquilo y ajeno a la aventura su feliz jamelgo.  Relinchó en forma de saludo, ella le acarició el morro en respuesta y suspiró melancólica.
    - ¡Ay, amigo! Enamorarse es conocer la soledad.
Montó y al momento echó en falta su falda, ni una mísera enagua le había dejado.  ¡Ni siquiera unos pantalones!  La casaca tapaba lo justo, dejando sus bonitas piernas al aire, pero el asunto aquí era lo incómodo del roce de la silla con su preciada joya.  Si llegaría intacta a destino, lo desconocía.
    - ¡Arri!  Pero despacito. ¡Eh!
Y así cruzó el puente nuestra protagonista y para casa del amigo de Porthos marchó.  Menos mal que había memorizado la dirección porque las señas y la carta de recomendación se habían quedado en la falda prestada.

Cayó la noche pronto y poca vergüenza pasó la jovencita, de no ser por unos chiquillos que la siguieron un trecho admirados por las pintas que llevaba.  ¡Comediantes! ¡Comediantes! - gritó uno.  Si ella no se lanzó al galope fue primero porque su caballo había pasado la edad de los trotes y segundo para que no le volara el volante de la casaca y a las piernas desnudas se sumara su blanco trasero al espectáculo.
    - Rue d’Avignon... Rue de l’amour... qué oportuno, pero la Rue des Châteaux no la veo, no hay ningún indicador.  A no ser que la casa del amigo sea ese castillo rodeado de viñas.  No, imposible, un mosquetero tan bien pagado no existe - cavilaba en voz alta D’Artagnan pero el frío calaba ya en los muslos y se cansó de dar vueltas -.  Tal vez se apiaden de mí las criadas y me dejen dormir en el establo.
    Al llegar al portón del castillo, bajó del caballo, palpó con cautela sus intimidades, que estaban inflamadas y palpitantes, y acarició sus posaderas no menos castigadas.  Se tomó dos minutos para preparar su discurso, carraspeó y golpeó la puerta con la aldaba.  Nadie contestó y volvió a intentarlo y aún una tercera vez antes de darse por vencida.
    - ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¿Quien viene a molestarme a estas malditas horas?
    Abrió la puerta un hombre con la camisa desabrochada y la casaca de mosquetero mal colocada, que le caía por un hombro.  Fue tan impactante la primera impresión que tuvieron el uno del otro que se quedaron mudos.  Ella esperaba un criado, mayordomo o incluso un señor de correctos modales, pero se encontró con lo que parecía un vagabundo greñudo, mal vestido y apestando a licor.  Él, por descontado, no hubiera imaginado jamás que tras la puerta le esperaba una muchacha desnuda de muslos para abajo y de muslos para arriba disfrazada de mosquetero.
    - ¿Se trata de una broma? No hay dinero para ti, mujer, vuelve por donde has venido que ni voy a tomarte ni quiero.
    Y le cerró la puerta en las narices.
    El choque de la puerta le hizo saltar del susto.  Sus pechos sacudidos por la respiración agitada y más allá la fría noche que amenazaba con tragársela.  Sin dinero, medio desnuda y a cargo de un jamelgo desfallecido.  ¿Qué posibilidades había de que llegara viva al mediodía de mañana donde sus amigos podrían prestarle ayuda?  Pocas.  Su salvación dependía del aquí y ahora y de que pudiera convencer al amo de la finca.  ¿A ese? -pensó D’Artagnan-. A ese no lo conmueve ni un coro de monjitas llorando, habría que tratar el asunto por la fuerza.
    - ¡Abrid!  ¡Abrid, malnacido, hijo de perra sifilítica, canalla de poca monta!  ¡Abrid o tiro la puerta abajo y con ella estampo vuestra jeta contra el suelo! ¡Abrid he dicho! -gritaba como posesa la muchacha acompañando sus insultos de patadas-. ¡He conocido cerdos más gentiles y ratas con más educación!
    Pero nada, el mosquetero la ignoraba por completo hasta que ella agarró una piedra y la estampó contra el cristal de la ventana enrejada, que estalló en mil añicos.
    - ¡Así os muráis de frío como permitís que lo hagan las amigas de vuestros amigos! ¡Apestáis más que un pelo en el culo de Belcebú!
    Y la puerta se abrió de golpe.
    - ¡Ah, bellaca, ramera, voy a cerrarte la boca a bofetadas! -y el mosquetero apareció arremangado y preparado para la acción.
    - ¡No esperaba menos de un cobarde!
    Pero D’Artagnan no aguardó a que viniera por ella, fue directa a su objetivo, esquivando al hombre y colándose por una rendija, entró en la casa y corrió hasta el fondo del pasillo.
    - ¡Aquí, señor! ¡Aquí ando! ¡Venid a por mí si la borrachera os lo permite!
    - ¡No te quedará trasero para sentarte cuando acabe contigo!
    - Más respeto, señor, que estáis frente a una dama... -y comenzó a tirarle cualquier objeto a su paso-.  Bonito jarrón... ¡Ahí va!  ¡Cuidado que vuelan botas! ¡Adios silla!
    - ¿No te cansarás, mujer?  ¡Me vas a dejar sin casa!
    - ¡Ni para vos ni para mí, es lo justo! -pero se quedó sin más objetos que lanzar, sólo una mesa demasiado pesada.
    - ¿Agotada?
    - Ni por asomo, sois vos el que jadeáis como una buscona en un cuartel.
    D’Artagnan interpuso la mesa entre los dos y esquivaba sus agarres con graciosos movimientos.
    - Habéis estado cerca, probad otra vez...  Casi... A la derecha, señor, a la vuestra no, a la mía... Ops...  Si os robo un beso me gano vuestra rendición.
    - ¿Qué?
    La intrépida saltó por encima de la mesa con la agilidad de una gata y fue a plantarle un beso en los morros al mosquetero para escapar después de su alcance.
    - ¿Pero qué?
    - Vuestra rendición, caballero, lo prometido es deuda.
    - ¡No he prometido nada!
    Se miraron con fiereza los dos y supo el mosquetero que a determinación no la ganaría jamás.
    - ¡Oh, basta!  No tengo edad para estos juegos -levantó la silla del suelo y se dejó caer-.  ¿Qué es lo que quieres de mí, mujer?
    Ella le extendió la mano en un gesto de confianza.
    - Mademoiselle D’Artagnan para serviros.
    Y él se la estrechó en rendición.
    - Athos.
    - ¿Marqués, conde de...?
    - Sólo Athos.
    - Bien, sólo Athos, vuestro amigo Porthos me encomendó a vos para que me dierais alojamiento y comida por esta noche.
    - ¿Alguna carta que de fe?
    - Guardada en mi falda, que acabó empapada en el río y que además sirvió de camuflaje a otro de vuestro regimiento...
    - No quiero saber más, hasta hablando me agotáis.  ¡Grimaud!
    Al momento apareció un criado desgarbado y mal vestido, peor que su amo.
    - Pon un plato más en la mesa, la moza... er, la señorita se quedará a cenar y a dormir.
    - ¿En vuestro cuarto, señor?
    - ¡No! - gritaron D’Artagnan y Athos a la vez.
    - En el tuyo, asno, tú dormirás en la cocina.
    - ¡Oh! - exclamó D’Artagnan -.  Con una casa tan grande y tantas habitaciones pensé...
    - No están habitables y no penséis, no es propio de vuestro género.  Seguro que fue por pensar demasiado que habéis perdido la falda.
    - Fue el corazón y no la cabeza el que me ha llevado a este desatino - gruñó la damisela.
    - Comed y dormid lo que queráis pero sólo os pido una cosa, cerrad ese hermoso pico y dadme un respiro.
    - Pero...
    - ¡Chitón!

Acabada la cena y con poca conversación del huraño anfitrión, decidió D’Artagnan dar por finalizado el día y marcharse presto al catre del buen Grimaud.  Ya sus ropas prestadas despojaba, ya su maltrecha camisa descansaba en el respaldo de la silla y su agotado cuerpo se hundía en el cálido colchón de lana, cuando un picorcito vino a sobresaltarla.  Primero en el hombro, cintura, piernas… y aún en el monte rizado.
    - ¡Pica! ¡Pica! - se revolvía la muchacha del derecho y del revés desmontando sábana y mantas.  Se levantó de golpe con los nervios en punta -. ¡Ah! ¡Esta ciudad me odia! - e iba el picor saltando de extremo a extremo y haciéndola bailar como alma que lleva el diablo -.  ¡Socorro!  ¡Grimaud!  ¡Mi señor!  ¡Ayudadme que enloquezco!
    - ¡Qué os pasa ahora, señora! - acudió presto el criado en ayuda.
    - ¡Lo que habita en tu cama me ha atacado a traición!
    - No culpéis a la pulga de querer darse un atracón, acostumbrada como está a la carne dura y vieja.  ¡Aigh, quien fuera pulga!
    - ¡Calla, bribón!  ¡Sácamela de encima o te muelo a palos!
    - El palo os lo daría yo si del poco uso no lo tuviera atrofiado -suspiró Grimaud-.  Pero, ea, que no se diga que este viejo no supo calmar los picores de una joven.  Decidme, señora ¿por dónde?
    - Aquí, detrás, en la espalda… ¿la ves?  Pero rasca, hombre, no me dejes con las ganas.
    - Rasco, rasco.  
    - ¡Corre!  ¡Ataca el muslo! ¡Pero no hinques el diente so burro!
    - Por uno que me queda que no quede...
    - ¿Qué jaelo es éste? - monsieur Athos apareció por la puerta y los ojos como platos se le pusieron ante la escena: la bella desnuda y el desdentado amorrado a su pierna.
    - Llegan los refuerzos… - suspiró con poco alivio el viejo desdichado.
    - ¡Ah, gracias a Dios!  Tal vez entre los dos la agarréis - exclamó la pulgosa.
    - A Dios y la maldita providencia culpo de tan desatinada noche.  ¡Grimaud, a la cocina! - cabizbajo y arrastrando los pies obedeció el criado a su amo.  Athos cerró la puerta de golpe y casi se arrancó la casaca a la vez que la tiraba con violencia al suelo -.  A vos os agarro y os quito las ganas de jaleo.
    - ¡Oh! - se le cortó la respiración a la joven al ver desabrocharse el cinturón al mosquetero y blandirlo en el aire -.  ¡Atrás, mi señor! ¿Qué váis a hacer con eso? - exclamó mientras buscaba escapatoria.
    - ¡Lo que vuestro padre debiera haber hecho hace mucho! - lanzó Athos un latigazo al aire.
    - ¿Y con qué derecho os hacéis llamar mi padre?
    - Por fortuna no yazco con hembras que pudieran darme hijas como vos.
    - ¿Virgen o invertido? - y el cinturón repiqueteó muy cerca -. ¡Ay!
    - ¡Ninguno de los dos, descarada!
    Al siguiente golpe no escapó el trasero de nuestra aventurera.
    - ¡Ay, uy! ¡Mal hado os lleve, animal!
    - Que me lleve pronto, eso espero.
    Un nuevo chasquido acertó al otro cachete.
    - ¡Basta, basta! Enfermo tenéis que estar para tratar así a una muchacha desnuda en vez de buscar placeres - y cayó de rodillas D’Artagnan cubriéndose la cara con las manos mientras sollozaba.
    El cansado mosquetero levantó el brazo para arrearle una vez más pero eran tan lastimero su llanto que perdió la fuerza y la ira y hasta el armazón invisible que tan bien le había protegido de otras mujeres.
    - ¡Ea, ea! Dejad de llorar que ya no estoy enfadado… - y bajó la guardia.
    - Ya lo creo que no - agarróle por sorpresa la falsa llorona los cataplines -.  Explicadme el motivo de este entesamiento o asesino a vuestros futuros hijos de un apretón.
    - So, chiquilla, tengamos paz.  Si tieso está lo que véis será por vuestra gracia, no por vuestra desgracia.
    - No os creo.  ¿Os gusta pegar a las mujeres?
    - No soy de esa clase… Es vuestra vitalidad la que me ha emocionado.
    - Grrrr…
    - Está bien, lo reconozco, ese par de azotes me han devuelto el brío que creía perdido por las artes de una mala mujer.  Eso es todo.  Pero no os hubiera lastimado más de lo necesario. ¡Os lo juro!  Me habéis curado.  Pedid lo que queráis.
    Y en esta ocasión fue D’Artagnan quien bajó la guardia y acabó tumbada en el regazo de Athos, ganándose dos azotes más pero esta vez con la mano.
    - ¡Ah, traidor!
    - ¡Vos que queríais desgraciarme! - la soltó -.  Pero dejémonos de riñas.  En verdad me agradáis - y rió el hombre tan fuerte que lo oyó Grimaud desde la cocina y lo creyó, está vez sí, loco de remate -.  Os quiero ya, maldita sea, jajaja.  
    - No os entiendo.
    - Ni falta que hace.  Vayamos a dormir, que tantas emociones me han agotado.
    - Pero… - con el brazo sobre su hombro, la acompañó el mosquetero hasta la cama y allí se desnudó también dejándose sólo los calzones.
    - Buenas noches.  Oh, qué bien voy a dormir, mejor que cuando me enfrenté yo sólo a diez de los hombres de Richelieu.
    - ¿Y desde entonces no os habéis bañado? - se acostó D’Artagnan a su lado.
    - Calla y duerme.
    - Es que… Veréis, señor Athos…
    - Sólo Athos, que ya somos amigos.
    - Es que, Athos, yo…
    - Desembucha.
    - Que… que algo me habéis hecho que parece que tengo el Sena entre las piernas.  Y como vos… como tú  la torre todavía la tienes erguida.
    - Y el enfermo era yo.  ¡Andáramos!  No voy a estropear el momento con alivios tan mundanos.  ¡A dormir! - y le dio un beso en la frente.
    Quiso replicar la bella pero ya roncaba su compañero de alcoba.  Se acurrucó bajo su brazo, no encontrando desagradable, sino al contrario, el tufillo a soldado y pensó que había sido un día bien extraño.  No sólo había hallado un amigo en París sino tres.  Si Porthos la excitaba en demasía y Aramis le deshacía el alma, Athos la inquietaba y era la promesa de un reto constante.  Se incorporó y le devolvió el beso en la frente.
    - Yo también os quiero.

Alto estaba el sol cuando D’Artagnan volvió del reino de los sueños.  Athos había levantado el vuelo pero no había olvidado el nuevo afecto y colgado sobre la silla se encontraba un traje de mujer con todos los complementos.
    - ¿De dónde lo habrá sacado? - pensó.  Pero al momento un par de golpes en la puerta y la voz gastada de Grimaud.
    - Mademoiselle, si tiene hambre, en la cocina hay huevos con tocino.
    Saltó de la cama y se colocó las prendas por encima con el corset sin abrochar.
    - ¡Voy! ¡No te los acabes todos, truhán!
    Comía D’Artagnan como si viniera el apocalipsis y Grimaud  se la comía a ella con los ojos.
    - Tengo una buena salchicha para acompañar si os quedáis con hambre.
    - Muy agradecida pero tu amo ya me dió buena ración - y le hizo un guiño.
    - ¿El amo? ¡No!  Imposible.  No ha catado hembra desde… desde que lo conozco.
    - ¿Y hace mucho de eso?
    - Pues años ha.  Aunque una vez oí el rumor de que había estado casado…
    Din don dan.  Las campanadas de la iglesia.
    - ¿Las diez ya? - preguntó D’Artagnan.
    - No, que son las doce.
    Blanca como la cera, apuró el tocino y engulló el pan, para luego correr escaleras arriba y abajo y apremiar al pobre criado para que ensillara su jamelgo.
    De poco le sirvió tener el animal vestido, descansado y alimentado, seguía siendo su viejo amigo, más viejo que amigo, y tuvo que viajar a pie estirando de las riendas.  Pero se sentía feliz, aquella prometía ser una nueva jornada de aventura en París.  
Preguntando aquí y allá, al fin consiguió dar con el hostal “Flambage des Porcs” donde había quedado con Porthos y también con Aramis.  Confiaba en que el primero la esperaría todavía y que la segunda no tardaría mucho pero algo de tiempo le proporcionaría para advertir al gran mosquetero de su llegada.  ¿Se disgustarían por compartir su amistad?  Tal vez lo más sensato sería guardar silencio sobre el asunto.  La semana tiene varios días, bien podía quedar cada día con uno diferente y por las noches aprovechar la hospitalidad del señor Athos.  Así soñaba la joven gascona cuando a través de la puerta vio a Porthos conversando…
- ¡Ahí está! - exclamó el grandullón.
- ¿Vuestra amiga? - asomose Aramis.
- No será tan bonita… - la voz de Athos.
Ni que decir que el momento fue épico y que si D’Artagnan no subió a su caballo y emprendió el galope fue porque el palomino estaba distraído comiéndose las flores que en la maceta cultivaba la hostalera.  Eso y que las piernas no la sostenían como debieran.  Fue Aramis, la más versada en asuntos del corazón y alcoba, quien habló para romper el incómodo silencio.
- Resulta, compañero, que esa también es la dama mojada de la que os hablaba.
- Vaya… - suspiró Porthos algo desilusionado -.  Sabía, D’Artagnan, que vuestra calentura superaba a la de cualquier otra pero guardaba la esperanza de haberos dado acción suficiente para que me recordarais durante algunas  horas más.
- Grrr… - gruñó Athos -.  No sólo os ha sido infiel con Aramis, que a la noche ya andaba la pendenciera buscando más con mi criado.
- ¡Eso sí que no! - se defendió la aludida.
- Explicaos, que tengo el cinturón caliente - dijo Athos con los dedos nerviosos sobre la hebilla.
- Dadme al menos un trago que vengo sedienta…
- ¡Hablad!
- Calmaos, amigo, este apremio corresponde a nuestro buen Porthos y acaso a mí, que realmente creí en sus sentimientos - Aramis forzaba una sonrisa hacia D’Artagnan.
- Pero… pero… todo lo que os dije, Aramis, era cierto y así lo siento.  Me duele el pecho sólo de veros tan cerca y no poder enredar los dedos entre vuestros rizos, que mi alma ya no es mía, que la robasteis con un beso.  Pero Porthos, no me odies, no es menos cierto que con gusto me encerraba con vos ahora en la trastienda para que me saquéis el demonio a golpe de garrote, vuestro garrote, que no hay par en toda la comarca, que digo… ¡En el mundo entero!
- ¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti, mujer? - Athos temblaba de la ira.
- ¡¿Vos también?! - exclamaron a la vez Porthos y Aramis.
- A ti, Athos, te tengo aquí - respondió D’Artagnan presionándose la frente -.  Eres la aventura que mata el aburrimiento y no puedo imaginarme que triste sería mi existencia sin tu amistad.
Se hizo de nuevo el silencio.  Y de nuevo Aramis fue el más valiente.
- ¡Ea!  No se hable más, la dama ha hablado y nos quiere a los tres.
- ¡Inaudito! - las manos a la cabeza se llevo Porthos.
- ¡Imposible! - el puño de Athos golpeando la mesa.
- Entonces hagamos como Salomón y cortemosla en tres cachos.  De cintura para abajo para Porthos, para mí el pecho y vos, Athos, disfrutad de la cabeza.
- Si eso fuera posible…
- ¡Calla, loco!
- No, no basta… - sollozaba d’Artagnan -.  ¿Quien soy yo para entrometerme en vuestra amistad?  Tres mosqueteros, tres hermanos de armas y mucho más.  No peleeis por mí, que media vuelta me doy y os dejo en paz.  Para mi tierra me marcho y feliz de haber disfrutado, aunque sólo haya sido un día, de vuestro cariño.
Se miraron los tres mientras la joven acariciaba la crin del caballo para avisarle que se había acabado el banquete de flores.
- Lleva razón la descarada - Porthos metió baza -.  ¿No podríamos compartirla como buenos hermanos?
- Ocurrente herejía - rió por lo bajini Aramis.
- Ah, está bien.  La prefiero compartida antes que perderla - cedió al fin Athos -.  Pero no respondo del estado de tus nalgas esta noche.
- ¿De verdad? - se lanzó D’Artagnan al grupo de los tres.  ¡Qué feliz me haces, señor gruñón!
- Me he perdido… - Aramis miró encogiéndose de hombros a Porthos que le devolvió el gesto.
- Entonces  ¿Una para todos? - preguntó tímida D’Artagnan.
Se miraron los tres mosqueteros riendo y estrechando sus manos las alzaron gritando:
- ¡Y todos para una!

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