La Virgen de Alba - capítulo 7



7.  La Fuga.


    La lluvia cae pesada sobre el capó del coche y llora en los cristales.  Los tres guardamos silencio agotados por los nervios.  Sabemos que no se ha acabado el peligro, que justo acaba de empezar, pero nos tomamos el lujo, bien merecido después de semanas de trabajo, de descansar el alma un ratito.
    Inés, recostada en mi hombro, con los ojos cerrados y la respiración profunda, parece que duerme, pero no, sólo sonríe satisfecha aspirando el aroma de mi abrigo.  Huele a libertad.
    —No debería haber venido, señorita —me reprocha el chófer del comandante—, la vigilan.
—No me seas aguafiestas, Estirao.  En una noche como ésta los de la bofia vigilan desde el bar bien cargados de coñac —me defiende Inés.   
—Pero lleva razón, ha sido peligroso y mi ausencia no pasará desapercibida en casa. Cuando llegue la mañana…
—Cuando llegue la mañana usted estará confortable en su cama —el chófer refunfuña y se enciende un cigarro.
—Lo dudo.  Que la Secreta no me haya visto salir es un hecho y que no vayan a verme entrar otro muy distinto.  No hay que ser muy listo para sumar dos más dos y deducir que si aparezco de madrugada van a olerse el percal, más cuando al amanecer las monjas den la alarma de la fuga de Inés.
—¡¿Y qué coño propone?!
—¡Estirao, a ésta me la tratas con respeto! —le increpa Inés en su mismo tono.
—Necesitabais un coche, aquí lo tienes.  Traigo algo de dinero conmigo, algunas joyas… y puedo cambiar fácilmente de identidad con ayuda de una cédula falsa.  La policía se ha acostumbrado a verme de mujer, con ropa de hombre resultaría invisible para ellos —le comento mi plan pero él se limita a gruñir.
—Señorita, no se equivoque, no es de los nuestros.  Si el problema es que la Secreta se huela que está metida en el ajo, la lleven al cuartelillo y le saquen nuestros nombres a palos, la solución más fácil es un tiro entre ceja y ceja —ahora me mira fijamente, no tiene que aparentar respeto por los de mi clase—.  Pum… y adiós problemas.  
Inés se mueve hacia delante, agarra la corbata del chófer y le amenaza con los dientes apretados, en una voz tan profunda que no parece salida de un cuerpo tan menudo.
—Le tocas un pelo y te arranco los cojones.
Una pausa incómoda.  El chófer se quita el cigarro de la boca y expira el humo directamente en la cara de mi amiga, que ni tose ni pestañea, mantiene su mirada fija en él como una alimaña dispuesta a atacar.  Al final él sonríe irónico.  Sonríe porque no puede dar a entender que se ha tomado muy en serio la amenaza, que la Inés no va de bocas, lo que dice lo hace.  
—Quita… —la aparta con un pequeño toque en la mano—.  Por mí vale pero no creo que le vaya a hacer gracia al resto.  Acabará siendo un problema, empezando por dónde la esconderemos esta noche.     
—Pegadita a mi lado la quiero y el resto chitón.
Y se acabó la discusión.  El chófer le da al botón de arranque y nos ponemos en marcha.  Ahora me fijo que la ropa de Inés está chorreando, me quito el abrigo y se lo echo sobre los hombros.  Bendita lluvia, ha facilitado la huida… de las dos.  Me sonríe, la sonrío, hace tan sólo una hora estaba temblando cuando le entregó la cédula falsificada al guarda de la prisión, su vida podía haber acabado en ese momento, pero aquí está, y no pudiendo permitirse llorar para relajar la tensión, se conforma con susurrarme su aventura, suspirando mi nombre entre párrafo y párrafo:  “Ay, Toni, que todavía no me lo creo”.


Eran las diez de la noche tocadas cuando se puso en marcha el plan de fuga.  La Peque, beneficiándose de la confianza que las monjas le tenían, había estado hurtando pequeñas cosas de la habitación grande donde dormían las presas comunes.  Aprovechaba la hora obligada en que las presas debían salir al patio, ya hiciera sol, lluvia o frío.  Una barra de labios “rojo pasión”, sombra de ojos “azul putón”... pero el vestido ajustado de raso encarnado fue la clave del éxito.  Poco importaba que estuviera desgastado por los bajos y lleno de zurcidos, con unos zapatos de tacón y medias apañaría un buen disfraz.  Las medias hubo que pintarlas con hollín de la cocina, qué remedio.  La astuta dejaba todo escondido detrás del cajón del armario de los cacharros y, para mayor seguridad, organizó los turnos de limpieza.  Las dos últimas semanas de la cocina se habían encargado sólo presas del sindicato.
Había acabado la cena y cada presa se levantó y enjuagó su plato y utensilios en un barreño con agua turbia.  Eran muchas las que preferían relamer el plato y grabar sus iniciales en la lata antes que meterlo en el agua, que se decía que era la que habían utilizado las monjas para bañarse el domingo y que, después de una semana en la cocina, apestaba a rata muerta.  Inés barría el suelo con parsimonia mientras tatareaba la tonada de una de las canciones del oficio.  Ya iba a reprenderla la hermana responsable de la cocina por su lentitud cuando, al escuchar la melodía, se sonrió para sí con orgullo y la dejó hacer.
—Adelita, hija, voy a descansar un rato las piernas, tanto tiempo de pie me está matando —le dijo la monja a la Peque.
—Sí, hermana, vaya con Dios que yo me encargo de acompañar a las de la limpieza luego a la celda.
—Gracias, hija, qué buena eres.   
—¡Venga, perezosas, que no tenemos toda la noche! —increpó la Peque a sus compinches mientras la monja todavía podía escucharla.
Cuando estuvieron seguras de su soledad, tiraron escobas y trapos y se lanzaron a disfrazar a Inés.  La Peque les iba pasando la ropa y el maquillaje y en un plis-plas la tuvieron vestida de prostituta, con el abrigo largo para disimular un poco la delgadez de la antigua miliciana, que los años en la cárcel habían dejado huella, y el sombrerito para ocultar el cabello corto y todavía con clapas.  Inés se miró en un espejito de mano.
—¡Jesús!  Si parezco una piculina de verdad.  Si me viera mi madre qué disgusto, pobre mujer —se sonrieron las tres por su comentario, era cierto que daba el pego.
—Vamos rápido, que las dos que salen hoy ya deben estar en la puerta y tu vas después haciéndote la despistada.
Repasaron el plan.  Esa noche daban salida a tres prostitutas de la sala de las comunes y una de las órdenes había sido hábilmente raspada y grabada con el nombre falso de la nueva cédula que el sindicado había conseguido para Inés.  Era importante que saliera después de las dos reales, porque esa clase de mujeres suelen ser muy altaneras y podrían hacer algún comentario peligroso que la comprometiera, pero no muy tarde porque los guardas se muestran perezosos de reabrir las puertas una vez cerradas a cal y canto.
La Peque la acompañó hasta el pasillo donde acababan las habitaciones.
—Tendrías que venir conmigo, Peque, mañana sospecharán de ti.
—¡Quia!  Sacaré antes a un par más de nuestras compañeras antes de que me echen el guante y, para entonces, yo también habré salido —le guiñó un ojo en complicidad.
—Cuento con ello.
Se abrazaron fuerte un segundo apenas, antes de que Inés echara a correr por el pasillo sin volver la vista atrás.  Los tacones retronaban sobre las baldosas pero nadie se extrañó ya que era nada comparado con el alboroto que habían formado hacía apenas diez minutos el par de prostitutas.
—¡Espere!  ¡No cierre la puerta! —gritó Inés al guarda que vigilaba la entrada al edificio—.  ¡No pienso pasar ni un minuto más en este infierno!
—Pues con la que está cayendo más te valdría —respondió él sin levantar la vista de los pezones erectos que tras el fino raso rojo se marcaban.  Se hubiera tapado Inés con el abrigo de no ser que se acordó a tiempo del papel que interpretaba, así que se lo abrió más colocándose las temblorosas manos en la cintura.
—¿Llueve?
—A cántaros —y no era ironía pues la cortina de agua apenas dejaba ver la reja de la entrada principal—.  Poca faena vas a encontrar esta noche en las calles.  Vente con nosotros a la fonda, mujer, que ya estamos haciendo el cambio de guardia.  Te pagamos cena y cama más lo que aguantes, que hay mucho compañero soltero con ganas de meterla en caliente.
—Mal consejo me das, que me acaban de dar el pase y pocas ganas tengo de volver.  Además estoy en mis días, me tomaré un descanso bien merecido.  Pero, si gustas, me hago la calle del Carmen todos los días menos los domingos, que son de guardar —contorneó sus caderas mientras sus pequeños pechos sin sujeción bailaban descompasados.  El aire frío de esa noche de tormenta acabó de darles el encanto volviéndolos turgentes y duros como frutas de invierno.
—Ya te buscaré, zorra —y agarrándole la mano con violencia la llevó hacia el paquete que no estaba menos duro.  Se asustó por un momento la revolucionaria, creyendo que el gesto era para girarle el brazo y esposarla, pero supo reaccionar bien y acariciar despacio e intenso, de abajo a arriba, aquella arma no reglamentaria que habían puesto a su alcance.  
—Eso, búscame cuando hayas cobrado la paga.
—Je, algo tengo.  Vamos para esa esquina oscura y te la meto rápido.
—Pues no te he dicho que esta noche estoy indispuesta.
—¡Anda, qué fina!  Te pago más y que sea por detrás...
—¡Martínez!  ¡Cierre esa puerta, coño, que la noche esta helada!
El susodicho Martínez se puso firme como un palo al oír la orden que de improviso le espetaron desde el pasillo.
—¡Sí, capitán! —respondió ipso facto—.  ¡Presa! ¡Cédula y pase!
Inés no se giró ni trato de coquetear con el segundo hombre, de sobras conocido por comunistas y anarquistas, pues era el encargado de los interrogatorios antes de que las ingresaran en prisión.  Interrogatorios, por no llamarlos por su verdadero nombre: torturas, vejaciones, palizas y asesinatos.  Ella había tenido suerte en su momento, lo pilló desganado y solo tuvo que lamentar algunos dedos rotos.  Con éste no contaban.  
Sacó sus papeles con tanta prisa que se le cayeron al suelo.  Se agachó para recogerlos.  Podía sentir la mirada escrutadora del capitán sobre su cogote.  Todo se perdería si por un casual le daba a él por inspeccionar la documentación.  Pero el guarda Martínez quería dar ejemplo de eficiencia y casi le arrancó los papeles de la mano para, después, con gesto de superioridad, dar el visto bueno.  
—Correcto.  Vuelve a presentar los documentos al guarda de la entrada principal.
Y, sin despedirse de ella siquiera, le cerró la puerta en las narices…  Afortunada de nuevo, el segundo guarda no estaba para historias.  Tapado hasta las cejas con el chubasquero, ansiaba el momento de despedir a la tardona y cerrar a cal y canto para ir a guarecerse a la garita.
—¡Largo ya!
Sacándose los molestos tacones, corrió Inés lo más lejos que pudo de la prisión  hasta llegar al lugar indicado de recogida pero no había nadie allí.
Nadie.  Y la lluvia caía con tanta fuerza que pronto el abrigo mojado se volvió pesado como una losa e Inés tuvo que quitárselo para poder avanzar.  Su única opción era la cantina que, no muy lejos de la prisión, servía de entretenimiento para los guardas.  Las compañeras le habían entregado unos cuantos céntimos, no llegarían a sumar una peseta.  Tendría suficiente para una llamada.  Pero fue llegar a la puerta y no atreverse a entrar.  De ahí no saldría viva con las pintas que llevaba.  Media vuelta y de nuevo al punto acordado.  ¿Se habían olvidado los compañeros de su plan de fuga o había surgido algún imprevisto?


RING RING.  Una criadita menuda y malnutrida acudió rápido a atender el teléfono.
—Buenas noches, está comunicando usted con la vivienda de la familia Gelabert.  ¿En qué puedo atenderle?
—Eres Juanita, ¿verdad?  Estamos de suerte.
—¿Perdón, señor?
—Contesta rápido, eres Juanita sí o no.
—Eh… sí, sí.
—Escucha, avisa a tu señorita.  Dile que la llama Pepe de la fábrica y que no has entendido bien el motivo pero que es urgente.
—Perdón, señor, ¿cuál es el asunto?
—El asunto es que como no espabiles a avisar a Toni, iré personalmente a buscarte para darte una zurra… ¡Rápido, idiota!
Juanita soltó el auricular y caminó acelerada hasta la sala de estar, donde Toni leía una revista de autos mientras fumaba su cigarro de después de cenar.  La señora Nuria gozaba de las habilidades de Ana y María que jugaban con el plumero a quitarse el polvo de las partes pudientes.
—Disculpe, señorita.  Tiene una llamada.
—¿A estas horas? —Toni no despegaba la mirada de la revista, fantaseaba quizás con ir a buscar a Alba en uno de esos coches modernos y relucientes. Qué sorpresa se llevaría su pequeña.
—Es Pepe de la fábrica, algo urgente.
—¿Pepe? —todavía sumergida en sus fantasías, trataba de acordarse Toni de algún empleado llamado José, ya que por Pepe no le sonaba.  Hasta que se le cayó la revista del susto y, levantándose deprisa  pero manteniendo la compostura, se dirigió al recibidor para atender la llamada.
—¿Qué ocurre, Pepe?  ¿Va todo bien en la fábrica? … Entiendo… Voy en seguida…  Sí, me ha quedado claro…  Adios.
Y volviendo al salón:
—Madre, me temo que tengo que ausentarme para atender un incidente en la fábrica.
—¿A estas horas, Antonia?  ¿Qué ha pasado que no pueda encargarse el vigilante?
—La lluvia.  Se ha roto la ventana del despacho y teme que, si recoge él el destrozo, pueda extraviarse algún documento.  Sólo voy a supervisar.  Regresaré en un par de horas a más tardar.    
Antes de coger el abrigo del perchero, una visita rápida a su habitación.  Abrió el armario, extrajo los dos últimos cajones.  Dentro del alojamiento, al fondo, había una cartera desgastada.  En la cartera, algo de ropa extremadamente doblada para ocupar lo mínimo y una bolsa con pequeños objetos de plata, algunas joyas y un poco de dinero.  Todo lo que había podido hurtar de su propia casa en estos años sin levantar sospechas.  Recolocó los cajones.  Salió de la habitación, no se molestó en echar un último vistazo.  Juanita esperaba con el abrigo y se lo puso sobre los hombros.  Toni iba a marcharse sin despedirse, como siempre, pero se detuvo unos segundos en la entrada, con la puerta abierta, la lluvia de fondo, la corriente de aire melancólica que helaba sus manos… Hurgó en sus bolsillos buscando algo de dinero, algo encontró.
—Adios, Juanita —le dejó el dinero en el hueco de la mano—.  Escóndelo, que no lo vean.  No es mucho  pero te llegará para un billete de autobús.
—No entiendo, señorita.
Toni se llevó el dedo a los labios indicando que guardara silencio y la besó en la frente.  

...
FIN DE LA PRIMERA PARTE

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