La Virgen de Alba - Capítulo 4




4. Rosita

Rosita era una chica preciosa, tanto que ni siquiera la reprimida de Torres pudo resistirse.  Los cabellos, oscuros, de un tono rojizo, caían ondulados sobre los hombros y saltaban a cualquier movimiento de su dueña.  Atraían enseguida la mirada volviéndose hipnóticos.  Sus ojos, ni muy grandes ni muy pequeños, reían siempre acompañando la curvatura amable de su boca.  Sonreir ante su sonrisa era un acto reflejo.  Me gustaba y eso lo hizo todo muy sencillo al principio pero difícil al final.  Como buen soldado, acallé mi conciencia, la que había ido construyendo al lado de Alba, y ejecuté el plan.
Primero tuve que ponerme en buena forma física, comenzar a alimentarme e incluso robar comida de los platos ajenos aprovechando la falta de intelecto de mis compañeras de comedor.  A las dos semanas los pómulos ya no se marcaban y el sueño obligado había reducido las zanjas donde mis ojos yacían medio muertos.  Tenía mejor aspecto.  Lo siguiente fue adquirir vestimenta adecuada y contacté con mi suministrador del ala masculina.  Conseguir un pijama me costó el botín de un asalto nocturno a la farmacia.  Haber permanecido despierta tantas noches y conocer la rutina de las enfermeras de guardia me había dado la oportunidad, eso y que el mercado negro estaba también presente en aquel olvidado rincón del mundo y expresamente no se llevaba mucho control de los medicamentos.  Tuve cuidado de ocultar mi pijama nuevo, más valioso para mí que un traje de seda, entre la funda y el colchón.  Torres no se dedicaba a la limpieza de las habitaciones pero quería evitar cualquier contratiempo.  Ya sólo quedaba encontrar el momento propicio para abordar a Rosita: todos los martes y jueves por la mañana, que es cuando la Torres libraba.

—Está muy guapa esta mañana, enfermera Rosita.
Se giró para mirarme y fue como si me viera por primera vez.  Sentada con las piernas cruzadas, vestida con pijama masculino, el cabello limpio y peinado hacia atrás, con el torso algo inclinado y el índice jugando sobre mis labios era los más parecido a Errol Flynn que esa joven de barrio había conocido jamás.
—Usted es la señorita Antonia ¿verdad?
—Sólo mis enemigos me llaman Antonia, para los demás soy Toni.
Rió ante mi ocurrencia y vino a sentarse a mi lado, tal vez ansiando un poco de conversación inteligente en aquella corte de locos.
—La noto a usted bastante recuperada.  Si sigue evolucionando tan bien pronto podrá abandonarnos.
—¿De verdad lo cree?  Entonces echaré de menos poder contemplarla desde lejos.  Es muy agradable para la vista, Rosita.  ¿Lo sabía? —Sonreí dejando caer un poco la mirada.  
Ella me esquivó nerviosa y se inventó una excusa cualquiera para salir corriendo.  Con eso ya contaba, el pescadito había picado el anzuelo a la primera.
El jueves volví a sentarme en el mismo lugar.  Ella pasó una primera vez y me sonrió entre obligada y vergonzosa.  Le devolví la sonrisa mirándola directamente a los ojos y me sumergí casi al momento en la lectura de un periódico que hacía una semana que rondaba por allí.  Pasó una segunda vez, la vi de reojo pero seguí pareciendo concentrada en la lectura.  Pasó una tercera vez, dudó, y al final se sentó a mi lado.
—¡Oh, es usted! —me hice la sorprendida—. ¿Cómo se encuentra esta mañana?
—Eso debería preguntarlo yo, ¿no le parece?
¡Ay!  Dudé al ver su boca risueña.  Se había pintado los labios, cosa que no acostumbraba.  Todavía podía dejarla marchar, todavía no le había robado el corazón, pero un ligero escozor entre las piernas me hizo recordar el asalto al que me sometió su compañera.  En todas las guerras caen inocentes, ésta no podía ser menos.
—Me encuentro muy bien, gracias.  Ayer tuve visita con el doctor y está de acuerdo en que he superado lo peor.
—¿Es por esa amiga suya?
Buena chica, había leído mi historial.
—Vive lejos ahora, no puedo seguir esperando por ella.  ¿No le parece?  La vida sigue y yo haré nuevas amigas.
—¿Era guapa?
Me dolió que se dirigiera a Alba en pasado pero seguí mintiendo aparentando tranquilidad.
—Bastante… —dejé la frase a medias sabiendo lo que ella esperaba—.  Conozco a alguna otra de más bonita pero eso no es lo importante.
Nos quedamos en silencio un buen rato.  Notaba como quería preguntarme algo de vital importancia para ella pero no se atrevía.  Bien, que la duda la tuviera en vilo y pensando en mí hasta el martes que viene.  Le acaricié la mano como en un descuido, dió un respingo.
—Voy a descansar un rato en mi cuarto antes de la hora de la comida.  Me ha gustado hablar con usted, Rosita, es un alma amable.
Forzó una sonrisa pero podía ver claramente que estaba contrariada y frustrada por su timidez.

El martes siguiente era ella la que me esperaba sentada.  Había llegado el momento de poner el hilo en la aguja…
—Le he traído el diario de hoy —se dirigió a mí sin darme tiempo a saludar.
—Es muy amable, gracias.  Hace una mañana muy agradable, sería una pena no aprovechar el jardín antes de que llegue el mal tiempo.
—¿Le importa que la acompañe en su paseo?
—Por favor, nada me haría más feliz.
Mi plan marchaba mejor de lo esperado.  Me iba llevando por los recodos más escondidos del jardín y vigilaba que no hubiera espectadores alrededor, aún así seguía sin soltar esa pregunta que la atormentaba desde hacía días.  No podíamos desaprovechar esas valiosas horas.  La tomé de la mano, sus pies se tropezaron y pude escuchar el traqueteo de su corazón pero no se soltó y me dejó guiarla hacia una de las esquinas del muro, donde el follaje crecía salvaje y proporcionaba un buen escondite.
—Aquí nadie nos molestará.  ¿Le parezco muy atrevida?
—No, Toni, me parece usted… —las palabras se le atragantaban en el pecho.
—¿Qué le parezco? —dije mientras acariciaba sus dedos para infundirle coraje.
—Me parece muy valiente.
—¿Valiente?
—Sí… y algo más pero no sé cómo definirlo.
—¿Tal vez te gusto, Rosita?
No contestó.  Pobre gacela, no podía pronunciar palabra, lo que me confirmó que sí, que ya era mía.  Y seguí rizando el rizo:
—Porque a mí me gustas mucho…  Pero entiendo que la enfermera Torres y tú…
—¿Qué?  ¿Qué está imaginando?  Gloria y yo sólo somos compañeras.  ¿Le ha dicho algo para hacerle creer?
—No, no… a mí no.  Ella me odia, no hablaría conmigo sobre ti, pero se la puede escuchar desde la sala de enfermeras jactándose de la intimidad de vuestra relación.
—¡Eso es mentira!  Para mí ella no es especial, en cambio usted… en cambio tú, Toni…  Siento cosas…  Pero es que yo nunca…  Tuve un novio durante la guerra pero no era así.
—Así ¿cómo?  ¿Caliente?
Y le besé los dedos dándole a conocer el paraíso.  Se apoyó contra el muro cerrando fuerte los ojos, luchando contra algo invisible.
—No, no puedo… —dijo tan bajito que parecía un suspiro.
—Yo sí puedo…
No se resistió ni apartó la cara cuando sintió mi aliento sobre su mejilla.  Mis labios la rozaron despacio, sin avasallarla.  Ningún noviete podría haber estado a mi altura.  Probé el carmín…  Y pensé en el sabor de Alba.  “Haré lo que haga falta para estar contigo, mi ninfa, también darle placer a esta mujer”.  Y la besé poniendo todo mi talento en ello, robándole la respiración y dándole a beber mi pasión.  Se pegó a mí de forma instintiva jadeando, buscando el contacto.  Rocé su pubis con el muslo pero fue demasiado.  Se retiró asustada.
—Siento si la he molestado, Rosita.  No he podido contenerme.  Perdóneme.
Me separé de ella y, abriendo un espacio entre las hojas, hice como que me marchaba.  “Vamos, tontita, dilo ya”.
—¡No, Toni, no te vayas!  Me gustas.  Quiero estar contigo…
—Es una locura, este sentimiento mío podría perjudicarla pero, si de verdad me quiere, la estaré esperando el jueves aquí, a las diez.  Si no acude, sabré que ha sido sensata y me alegraré.
—Vendré, Toni, lo prometo.
Y me despedí sin mirarla.
   
Esa misma tarde se encendió el cotilleo:  Rosita discutió con la Torres.  Estaba tan alterada que, aunque tomó la precaución de buscar una habitación vacía para el interrogatorio, algunas recriminaciones se sucedieron en el pasillo.
—¿Quien te ha contado semejante mentira?
—Lo sabe todo el mundo, Gloria, vas diciendo cosas horribles de mí.
—Yo no… ¿cómo podría?  Jamás te haría daño, de ninguna forma.  ¡Con lo que yo te aprecio!  Si supieras…
—Ya sé lo qué quieres…
—Pero es un sentimiento puro… —Torres le acarició el brazo.
—¡No me toques!  ¿Cómo has podido siquiera imaginar que tú y yo…?  ¡Es asqueroso!
—Rosita, estás confundida…
—¡Tú eres la que estás confundida!  Confundida y enferma, no vuelvas a acercarte a mí.
Y se alejó con las mejillas coloradas por la excitación y el ceño fruncido.  Le había cambiado tanto el semblante que no parecía ella.  Torres estaba deshecha pero, cuando se dio cuenta de que habían tenido espectadores, lanzó cuatro gritos y todos salimos corriendo para no ser la víctima sobre la que desahogara su rabia, yo la primera.  Llevaba tiempo tomando la precaución de no cruzarme en su camino y esquivarla como si fuera una culebra venenosa.  Aunque la ponzoñosa era yo.  Había contaminado su pequeña felicidad y la pobre idiota no podía sospecharlo.  “Paso a pasito, Torres, te vas a hundir hasta el cuello”.

Jueves triunfante. La luz del sol brillaba pálida pero pude distinguir su silueta entre la vegetación.  Las hojas de los árboles parecían tener más vida que esa figura inerte.  Oyó mis pasos sobre la hojarasca, reaccionó.  Al llegar a su lado me fijé que estaba sentada sobre una manta.  Pequeña hipócrita, venía preparada para todo, perfecto porque yo también estaba concienciada a rematar la faena.  Me senté junto a ella.  No teníamos mucho tiempo, si yo no daba el primer paso, corríamos el riesgo de no avanzar en nuestra relación,  no obstante, si la abordaba con demasiada impaciencia, podía asustarla y perderla.  Ya no era cuestión de palabras.  De momento me limité a cogerle la mano e irla preparando para el beso.
    Acaricié sus dedos, la muñeca, el brazo…  Me regaló jadeos en respuesta y, tomándola de la cintura, la deslicé hacia mí sin dificultad para introducirme dentro de su boca.  Como la vez anterior, noté por sus movimientos que quería más.  ¿Me dejaría?  La tanteé con la rodilla, no me rechazó, y acabó montada en mi muslo.  Pero en esa postura no podía dominarla, así que la tumbé y le mostré mi habilidad.  No se dio cuenta cuando le bajé las bragas hasta las rodillas y me situé en medio pasando por debajo de sus muslos.  Inmovilizada, me dejó moverme encima suyo y frotarla con toda mi pelvis.  Quemaba.
    —¡Oh, Toni!  ¿Qué me haces?
    —Nada que no te guste… —sonreí.  Pero en ese lapsus vanidoso pareció despertar su moralidad.
    —Es… espera…
    Había que actuar rápido.  Con una mano le tapé la boca mientras con un dedo de la otra me iba abriendo camino en su interior.  Estaba empapada y lista.  El pulgar encima, sobre su botón mágico, el índice dentro, presionando, formaban una pinza perfecta que al moverse rítmicamente la volvió loca.
    —¿Quieres que pare?
    Negó con la cabeza apretando con sus manos la que yo tenía sobre su boca reforzando la mordaza.  Mentiría si dijera que no me excité al verla retorcerse de aquella manera.  Tuve que morderme los labios para no llamarla Alba, hubiera sido incapaz de pronunciar otro nombre mientras los vapores del placer me envolvían.
    —Vamos… No seas tímida.  ¿Me lo vas a dar?
    Supo a lo que me estaba refiriendo y afirmó.
    —¿Me lo vas a dar pronto?
    Volvió a afirmar.  Su bonito rostro de muñeca compungido de placer y culpa lo decía todo.
    —¿Me lo vas a dar ahora?
Apenas pude contener las sacudidas de su cuerpo.  La electricidad traspasó mi cuerpo también haciéndome jadear y cerrar los ojos con fuerza para que el paisaje cesara de girar alrededor.  No estaba interpretando cuando me dejé caer a su lado agotada y le besé la mano.  Me abrazó con fuerza y se echó a llorar.  Ahora sí, ya le había robado el corazón.

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