La Virgen de Alba - Capítulo 3




3.  El hospital

    El Hispano-Suiza azul marino aparcado delante de mi casa delata la llegada del Comandante.  Me veo obligada a dar la vuelta al edificio y a aparcar en otra calle.  Todo me molesta de él, sobre todo la descortesía de estacionarse siempre en mi lugar preferente.  Pero en esta ocasión suspiro satisfecha: el papel que llevo doblado en el bolsillo me pesa como una losa.
    —Buenos días —le digo al mozo, también chófer, de mi enemigo.
    —Buenos días, señorita Gelabert, el Comandante está en el piso con su madre, no la espera.
    —Lo que me alegra.
    Me acompaña a la entrada y abre la puerta en un gesto de educación.  Le miro directamente a los ojos, es la única forma en que puedo comunicarle que tengo algo para él, y doy un par de palmaditas con disimulo sobre el bolsillo.  Entiende y, con la misma habilidad que Inés, cubre su gesto y sus ágiles dedos se hacen con el botín.  No me gusta tenerlo tan cerca, el roce me perturba, pero una vez atravesada la puerta y entregado el mensaje, me siento bien.  He cometido el pecado y eso afloja las cuerdas invisibles que me han tenido paralizada durante estos años.  La emoción del peligro y la esperanza de poder salvar a Inés de la muerte me han devuelto el brillo en la mirada, el espejo me delata.  Pero no, debo controlarme, no deben notar el cambio.  Sacudo la cabeza, salgo del ascensor y, antes de abrir la puerta del piso con mi llave, me aseguro de apagarme por dentro.
    Arrastrando los pies me dirijo a mi cuarto con la esperanza de no encontrarme a nadie en el camino y tener un momento de soledad.  Unos sollozos casi mudos me detienen.  Son de sufrimiento y no de placer, como sería lo habitual en esta mansión de lujuria.  Arrodillada en el suelo, el títere que mamá utiliza para atormentarme.  Los gemidos, estos sí de placer, que vienen de la habitación de mi madre hacen evidente la escena.
    —Han jugado contigo, pequeña mona, y ya no te necesitan.
    —Se… señorita… —intenta incorporarse pero le tiemblan las rodillas, puedo ver sus piernas manchadas de sangre.  ¿Habrá llevado las cosas demasiado lejos la bruja de mi madre o esta chica está en sus días y aún así la han obligado?  Moratones en los brazos y el labio partido… ¡Santo Cielo!
    ¿Qué hubiera hecho yo hace una semana?  Posiblemente habría pasado de largo, ni siquiera le hubiera dirigido la palabra.  La odio tanto.  Pero la pequeña luz que se ha encendido en mi interior me empuja a consolarla.  Además, necesitaré un aliado si voy a seguir con mis juegos de espionaje.
    —Juanita ¿verdad? —se emociona al oír su nombre de mi boca y asiente.
    —Esto es lo que te espera cuando me haya casado con el Comandante porque no pienso meterme en su cama y con alguien tendrá que desahogarse —su carita de horror lo dice todo, la tengo en el bote.  Alargo el silencio, le acaricio la mejilla…—.  Te sientan bien las lágrimas, te hacen más bonita a mis ojos, más humana… —la estrecho con cuidado entre mis brazos—.  ¿Me quieres, Juanita?
    —Oh, sí, señorita… Oh, sí, mucho… muchísimo… —se cobija contra mi pecho regándome con toda su pena.  
Podría haberte querido yo también, pienso, si hubieras estado de mi lado desde el principio.  Supero mi asco y le beso los cabellos.
—Perdóname… —le digo.  
Perdóname por lo que voy a hacerte.  No soy mucho mejor que la Sra. Nuria.
La voz enérgica y extrañamente alegre de Inés resuena todavía en mi cabeza: ¿Por qué no fuiste a buscarla?  Una punzada en el corazón.  La chica se aferra más fuerte, mi dolor la confunde para mi beneficio.  Perdóname, Alba, no pude… de verdad que no pude…

Cuando me vi libre de los sótanos del SIPM, llevaba dos meses, con sus días y sus noches, planificando la forma de cruzar la frontera francesa y encontrar a Alba.  Compraría un automóvil o lo robaría, lo que fuera, y en unas horas llegaría a Cerbère.  Alegaría negocios como motivo de mi viaje.  No sería problema porque antes de la guerra solía desplazarme tres o cuatro veces al año a París para concretar con el proveedor el envío de algodón y visitar las diferentes ferias textiles.  Una vez allí sólo tendría que averiguar qué organismo se estaba encargando de los campos de refugiados y localizar el nombre de Alba.  Y si no había listas, los visitaría uno a uno y preguntaría, preguntaría hasta quedarme sin voz.  Pero no tuve en cuenta el factor Nuria.
Los primeros días me encerró en casa con el pretexto de que las calles eran peligrosas.  Me tuvo en examen más de una semana y yo hice todo lo que estaba en mi mano para engañarla: acostarme con las criadas, reirle las gracias, mostrarme feliz…  Seguía sin confiar y me mataba la impaciencia.  No me detendría una simple puerta de madera.  Poco importaba que hubiera siempre alguien de guardia, me desharía con un poco de violencia;  de la misma forma podía rescatar las llaves bajo su almohada;  o llamar a un cerrajero con una excusa… ¡O tirar la puerta abajo!
Conseguí escabullirme en un despiste.  Con algo de dinero en el bolsillo y unas cuantas cucharas de plata, me pondría en contacto con mi amigo del mercado negro.  Una vez en Francia trataría de acceder a mis cuentas en Suiza.  Pero a las dos calles, alguien me vio y me detuvo.  Creo que le di un golpe, un buen golpe.  Puede que fuera Martina, no lo recuerdo, pero chilló y dos hombres acudieron a socorrerla tumbándome en la acera.  Les hice daño y se sintieron algo avergonzados cuando se dieron cuenta de que era una mujer pero no me soltaron.  Entonces, en mi desesperación, cometí el error más grave:  entre insultos grité que Alba me estaba esperando y que no podía soportar vivir sin ella.  Por respuesta, la gélida y desaprobadora mirada de mi madre.  Había perdido cualquier oportunidad de huir.

Una enfermera alta como una torre me tomó del brazo.  No sabía qué día era ni cuánto había pasado desde mi intento de fuga pero me sentía débil, no había comido nada desde entonces.  La mujer fue amable delante de mi madre.
—Todo irá bien.  La guerra ha afectado más duramente a las mentes sensibles pero la cuidaremos y se recuperará.  ¿Verdad, Antonia?  ¿Quieres ponerte buena?
—Soy Toni —balbuceé.
—Claro querida, te llamaré como quieras.  Anda vamos, no queremos hacer esperar al doctor.  Te gustará la casa, ahora en primavera está preciosa.  Ya verás, Antonia, ya verás qué maravilla.
Las ventanas traseras del coche estaban pintadas de blanco y no pude ver el camino pero fue largo.  Con voz apagada pregunté si íbamos a París.  Ni enfermera ni conductor me dirigieron la palabra en todo el trayecto, yo era sólo un bulto que transportar.  La casa no me pareció tan bonita como me habían prometido y los árboles, repletos de yemas a punto de abrirse, me hicieron llorar a mares.
Mis únicos recuerdos agradables de aquellos meses fueron las charlas con el doctor.  No me entendía en absoluto pero, por lo menos, no insultaba mi inteligencia:
—¿Un cigarrillo, Srta. Gelabert? —preguntaba él en cada sesión ofreciéndome su pitillera.
—Sí, gracias —me daba fuego y lo apuraba antes de seguir hablando.
—¿Cómo se encuentra hoy?
—Muy bien, gracias.
—Aquí tengo un informe de las enfermeras de guardia conforme anoche dio usted algunos problemas.
—No tengo nada que alegar, sólo no estaba de humor.
—Mire, no voy a regañarla como si fuera una niña, no estamos en el colegio —fruncía el ceño pero si yo sonreía ante el comentario se relajaba y me devolvía la sonrisa—.  Me cae usted bien, no lo voy a negar, pero me apena que no estemos haciendo progresos.  Esta institución está para ayudarla a recuperar su vida, no para castigarla.  Su madre no ha escatimado en gastos para que usted tenga la mejor atención posible.  Aunque sólo sea por ella, trate de esforzarse.
—Ya lo hago, doctor, trato de no volverme loca de verdad.
—Yo sé que usted no está loca, sólo confundida.  Eso que llama amor no es real, es una obsesión insana y mire a donde la ha llevado.
—Todos los poetas no podrían estar equivocados.
—Todos ellos deberían estar aquí y no usted —nos reíamos los dos—.  Mírese bien, una mujer inteligente, esbelta, bonita… Cualquier hombre podría enamorarse si usted le diera la oportunidad.  Piense en lo feliz que sería con una familia propia.  ¿No vale la pena intentarlo?
—Doctor. ¿Ama usted a su esposa?
—Claro, hemos construido un hogar juntos.
—Yo no amo menos a la mía.
—¡Ya estamos otra vez!  No, Toni, no, no ponga excusas.  Usted no conoce el amor, sólo está obsesionada con esa mujer.  Mire, yo no soy un santo, entiendo ciertas necesidades y que tal vez usted haya buscado satisfacerlas de una manera poco habitual pero no debe dejarse arrastrar por el vicio.  Si quisera darme la oportunidad… —y me tomaba de las manos para soltarlas de inmediato—.  No, no a mí, al hombre que está allí fuera deseando compartir su vida con usted.  Pero debe olvidarse de una vez de esa mujer.  ¡Olvídela o será su fin!
Tras el breve arranque de ira, se quedaba en silencio mirándome fijamente un buen rato, hasta que se rendía:
—No va a olvidarla.  ¿Verdad?
—Pensar en ella es lo único que me mantiene cuerda.
—Ya veo… Pero se lo advierto, no me obligue a recetarle tratamientos más drásticos.  Prometí a su madre que nada de electricidad pero si no me deja otra opción…  De momento seguiremos con las píldoras inhibidoras.
Entonces se ponía a escribir concentrado en su cuaderno y se olvidaba de mí.
—Hasta la semana que viene, doctor.
—Adiós, adiós.
    Pero fuera del cigarrillo semanal y esos pocos minutos de calma, el hospital era una pesadilla, comenzando por mi enfermera al cargo: la señorita Torres.  El apellido le quedaba que ni pintado, pues era alta, robusta y fría como una roca.  Se dedicaba a martirizarme.  Al principio creí que a mi mal de amores tendría que sumarle delirio paranoide pero no, era realmente una bruja de cuidado y pronto descubrí el motivo de que me detestara tanto: éramos iguales.
    —Antonia, no te espatarres de esa manera en la silla que se te ven las vergüenzas.
    —Enfermera Torres, ¿sería mucho pedir que los camisones fueran de mi talla o dejarme llevar mis propios pijamas pantalón? —le respondía yo.
    —Claro, la señora se cree mejor a las demás —y precipitándose hacia mí, me clavaba las garras en los muslos y me obligaba a cerrarlos.
    —No se tome esas libertades, enfermera —la miraba desafiante.
    —Me tomo las libertades que me da la gana y vas a llevar los camisones que a mí me dé la gana y te vas a sentar como a mí me dé la gana.  ¿Te queda claro?
    —Me está haciendo daño…
    —Más daño me gustaría hacerte, preciosa, pero no aquí ni ahora… —esas garras de uñas afiladas se clavaban entonces en mi ingle; tan cerca ponía su cara de la mía que su aliento apestoso me entraba por la nariz—.  ¿Te queda claro?
    —Claro como el agua —susurraba yo agachando la cabeza para no irritarla más de lo que por naturaleza estaba.  Mi impotencia era evidente.  No podía ir con el cuento al doctor de que una de sus enfermeras más veteranas y eficientes quería violarme mientras dormía.
    Esos modos gastaba la enfermera Torres los días en que estaba de buenas, los días de malas me ponía a pasear por el jardín durante horas vestida sólo con el ridículo camisón, previamente había hecho desaparecer toda la ropa interior de la cajonera de mi cuarto.  Conociéndola, tenía escondites donde guardar alguna braga que otra, por si surgía la emergencia, pero lo mejor era el trato que hice con un enfermo del ala masculina, intercambiábamos píldoras por calzoncillos limpios.  No eran pantalones pero a falta de pan buenas son tortas.  La guerra me había vuelto avispada.  Sin embargo, no confiaba en que mi suerte fuera a durar demasiado.  Cada pequeña victoria mía, era un paso más hacia la catástrofe.  Tan concentrada estaba en cómo sobrevivir el día a día en el hospital que postergué lo más importante, salir de ahí y cruzar la frontera francesa.
    Por las noches, las enfermeras pasaban el rato jugando a cartas y bebiendo.  Una noche en que a Torres le tocaba guardia, montaron tanto escándalo que fue imposible no seguir su conversación desde las habitaciones.  Así me enteré que Alemania había invadido Polonia y que Francia y el Reino Unido le habían declarado la guerra.  Una guerra en Europa que ya se veía venir pero que me  pilló desprevenida.  Francia podría no ser un lugar seguro para los refugiados españoles.  Cientos de imágenes de Alba detenida por los fascistas alemanes, encarcelada, torturada, fusilada… pasaron por mi mente.  Y yo allí encerrada jugando a los locos.  Porque no estaba loca... ¿o sí?  Comencé a alterarme, a respirar con dificultad, a dar vueltas por mi pequeño cuarto como un animal enjaulado…  “Alba, no te mueras;  Alba, espérame, ya voy…”, repetía sin cesar, primero en susurros pero poco a poco elevando la voz hasta que la presión en el pecho se hizo insoportable y estallé.  Estampé la silla contra la pared, le siguieron los cajones, el colchón volcado por el suelo y todos los pequeños objetos que pudieran estrellarse.
    —¡Dejadme salir! —gritaba—.  ¡Tengo que ir a buscarla!
    Desafortunadamente, fue la enfermera Torres la que vino a contenerme.
    Y no se hizo de rogar.  Fue entrar en mi celda y darme semejante golpe en la cara que me dejó atontada sobre el suelo.  Cerró la puerta por dentro con la llave que colgaba de su cinturón.  Entonces intentó agarrarme de los cabellos pero los llevaba tan cortos que se le resbalaban los dedos.  Frustrada, me propinó un puntapié en el estómago.
    —Vas a pasar tanto tiempo aquí que el pelo te va a crecer hasta que pueda enroscarlo dos veces en mi mano.  Será divertido obligarte a llevar dos trenzas con sus lazos.  ¿Qué color prefieres, el rosa o el azul? —me tumbó boca abajo y me retorció el brazo sobre la espalda—.  Las marimachos como tú me dan asco.  Me voy a encargar personalmente de convertirte en una verdadera señorita…
    No pude defenderme.  Ella era bastante más fuerte y yo apenas sentía mis brazos.  Impotente asistí como su garra se abalanzaba sobre mí, arañaba mi piel, estrangulaba mis preciados calzoncillos y se adentraba bruscamente en mis entrañas.  No buscaba darme placer, era evidente, o hubiera lubricado un poco sus dedos.  El roce en seco, tan duro y  despiadado me hacía daño, pero no  me quejé, chillé ni gemí ni una sola vez.  “Pagarás por esto”, pensaba, y la idea de una venganza atroz me daba fuerzas para soportar el asalto.  Estuvo un buen rato torturándome, o a mí se me hizo eterno, hasta que, desalentada por mi silencio, perdió la erección psicológica y ya no pudo continuar.  Es mi orgullo mi perdición, ahora lo sé.  De haber llorado yo lastimosamente, se hubiera cobrado la victoria y olvidado por completo mi existencia.  Pero no, la mecha que encendió aquel incidente se convirtió en una gran guerra entre las dos.  Una guerra a muerte en la que jugaría todo lo sucio que hiciera falta.  Acabaría con ella y saldría del hospital costara lo que costara.
    Sin embargo, a pesar de mi aparente fortaleza, tardé algunos días en recuperarme.  El dolor me tuvo prácticamente postrada en cama hasta el tercer día.  Pensar en Alba no me alentaba como antes, al contrario, el miedo por su vida me mantenía las noches en vela.  Noches que tomé la precaución de bloquear la puerta con la cómoda.  Para la Torres no supondría un obstáculo pero evitaría que me volviera a pillar por sorpresa.  Escondido dentro del colchón guardaba un tenedor con la intención de clavárselo en los ojos si volvía jamás a ponerme la mano encima.  Casi lamenté que no se diera la oportunidad.
    Agotada física y mentalmente, a punto de caer en una nueva depresión que me serviría en bandeja a mi enemiga, la suerte me sonrió por primera vez en mucho tiempo.  Estaba yo en uno de mis exilios en el jardín, sin fuerzas para seguir desplazándome, cuando me rendí bajo la sombra oscura de una encina.  Allí oculta del mundo, me debatía entre quedarme dormida medio desnuda a la intemperie en esa fresca tarde de octubre o tratar de cruzar la verja y viajar a pie hasta la frontera, a pesar de desconocer por completo mi ubicación.  Cualquiera de las dos opciones hubiera acabado con mi vida en el mejor de los casos.  Cuando, de pronto, oí una voz de sobra conocida a unos pocos pasos de mí.  Luego una risa.  ¿La enfermera Torres riendo?  Ya está, sólo podía tratarse de un sueño.  Finalmente me había quedado dormida.  Pero una ráfaga de aire me despejó por completo erizando mi piel y allí seguía esa bruja en agradable conversación con otra enfermera.  Me apreté todo lo que pude contra el tronco del árbol para volverme invisible.  No fue difícil tan delgada como me había dejado la guerra y después la tristeza.
    —Que no, tontita, si estás muy bien —dijo la Torres.
    —No sé, no me considero muy guapa.  Con esta nariz…  —le contestó la otra.
    —Pues a mí me encanta tu nariz… —y le tocó la punta de la nariz con el dedo.
    —¡Ja, ja!  ¡Tienes las manos heladas!
Y Torres se limitó a sonreír como una boba, esquivando después la mirada y pasando a otro tema más profesional.  Lo que para cualquier otro era simplemente cháchara entre compañeras, para mí se hizo evidente.  Había descubierto el punto débil de ese demonio: Rosita.

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