domingo, 22 de abril de 2012

El Hipnotizador de La Ribera (3)



Me dio un vuelco el corazón temiendo que se refiriera a mí pero se trataba de un señor de mediana edad sentado tres asientos a la izquierda.

    - No... no he dicho nada...
    - ¡Pero lo ha pensado!
    - Sí... sí... pero...
    - Dígalo en voz alta - ordenó el Dr. Lambert.
 

    - Pensaba que... ¡Que usted es una farsa!

Volvimos a exclamar asombrados removiéndonos incómodos en las butacas.

    - Por favor, acérquese - y yo no podía dejar de abanicarme -.  No tenga miedo, no le pasará nada peligroso.
    - No estoy asustado.
    - Bien, es usted un hombre valiente, un héroe de la Guerra de Cuba.
    - ¿Cómo lo sabe? - esta vez se hizo un profundo silencio.
    - No me ha hecho falta entrar en su cabeza, he visto la condecoración que lleva en la solapa .

El doctor se permitió bromear y consiguió relajarnos con unas risas.  Ahora me fijaba que tenía un acento extraño, francés, seguramente, aunque no conocía a ningún francés para poder asegurarlo.  Joven para ser doctor, de sonrisa fácil y mirada brillante, fue ganándose la simpatía del público.

El espectáculo continuó con el señor de la medalla.  Le hizo subir al escenario, le ofreció una silla para sentarse y le animó a que siguiera el balanceo de un reloj de bolsillo con la mirada, tras lo cual dio un chasquido con los dedos y el señor cayó hacia delante profundamente dormido.  

    - ¿Creen ustedes que está dormido o que está actuando?  - el señor emitió un ligero ronquido -.  Ni una cosa ni la otra, está en trance hipnótico.  Traten de despertarlo con gritos.

Un caballero de la primera fila vociferó ¡Despierta!  Le siguieron otros hombres, alguna señora y al final acabamos todos golpeando con los tacones el entablado.  Nada, el señor de la medalla seguía dormido.  Para eliminar cualquier duda, el Dr. Lambert extrajo una aguja de su bolsillo y pinchó la mano de su paciente.  Ninguna reacción.

    - Estando en trance puedo ordenarle hacer cosas increíbles como, por ejemplo, confundir su identidad con la de un animal.  Abra los ojos, ahora es usted una gallina...

No recordaba haberme reído tanto en la vida.  A la gallina le siguió el asno y el cerdo, tras lo cual le hizo regresar a su tierna infancia y lo convirtió en un bebé llorón que creía haber mojado los pantalones.  Lamenté haberme apretado tanto el corsé para ese insípido de Ferrer.  No todo fueron risas, también hizo subir a una señorita, sentada tres asientos a mi derecha, y le adivinó todo lo que llevaba en la bolsa, incluida la carta amorosa de un apasionado pretendiente y su contenido.  El amor flotaba en el aire esa noche de final de verano pero no para mí.  Me emocioné.  Si creyera a Joan Ferrer capaz de escribir semejante locura, ahora estaríamos juntos y abrazados sobre una barca en el lago.   Aún tuvo tiempo de invitar a una señora de la edad de mamá sentada justo delante mío.  La pobre mujer confesó llevar años sufriendo por la muerte de su único hijo.  El público enmudeció.  El Dr. Lambert, con mucha educación y respeto, pidió permiso para dormirla, ella aceptó.  Durante el trance, el doctor le sugería que enterrara los recuerdos dolorosos en la memoria y que pusiera delante los momentos agradables pasados con su hijo.  Jacinta lloró ante una bonita estampa de Navidad en que el hijo de la señora era todavía un niño y abría emocionado una caja con soldaditos de plomo.  Admito que se me humedecieron los ojos pero todavía tenía en mente la carta del amante.  Al despertar, la señora sonrió y reconoció sentirse muy feliz por primera vez en mucho tiempo.  Nos levantamos todos para aplaudir y ovacionar al doctor.

    - Damas y caballeros, el mérito no es mío, todo está en la mente - dijo mirándome fijamente.  

Porque me estaba mirando o, tal vez, me deslumbraron los focos eléctricos y confundí dos destellos azules con sus ojos.  El gesto, real o imaginario, me hizo sentir especial y olvidé por un momento a Jacinta, a Ferrer, la carta del amante y al público que me rodeaba.  Los pensamientos de mi cabeza se silenciaron y me creí flotar.

    - ¿Estás bien? - Jacinta llamó mi atención.
    - ¿Eh?  Sí, es el corsé que me está matando.
    - Vamos al tocador y te ayudo a aflojarlo.  

El aire nocturno me devolvió el aliento.  Como la función había acabado antes de lo esperado, todavía no habían llegado nuestros padres a recogernos.  Charlamos un poco, Jacinta hablaba, creo recordar.  No entiendo cómo sucedió la tragedia.  Yo estaba enfrente del Palacio junto a la prometida de mi hermano y, de pronto, me encontré atravesando el Arco de Triunfo.

El caballo elevó las patas delanteras con un agudo relincho y vi la expresión de terror del cochero, que no pudo evitar que el carruaje me golpeara dejándome tendida en el suelo.

    - ¡Malena!

...

2 comentarios:

  1. Esos trucos resultaron ser mas viejos de lo que pensé.
    ¿Esto va ir de fantasmas?

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    1. Buf, ya ves, no se ha evolucionado mucho desde entonces xD

      No habrá fantasmas, creo... ^^

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