viernes, 23 de noviembre de 2012

Mademoiselle D'Artagnan y los tres mosqueteros (2)


- ¡Amo! ¡Amo! - gritaba la criada llena de espanto -.  Ruidos horribles se oyen en el almacén.  Un animal salvaje nos ha entrado.
Armado con la escoba, fue el posadero a ver qué ocurría pero no se encontró ninguna fiera devoradora de suministros, sino un ogro y una damisela a cuatro patas lanzando gemidos, soplidos y encharcados en sudor y otros fluidos que mejor no preguntar qué.
- Más trabajar, niña, es el señor Porthos que conversa con una amiga.  Por lo más sagrado...  no les molestes. Se dice que al último que le interrumpió un idilio, se le perdieron huesos por el cuerpo y en la cama postrado pasa los días.  ¡Chitón y a fregar!

Porthos descansaba medio desnudo sobre unos sacos tratando de recuperar el aliento.  La bella D’Artagnan reposaba también apoyada la cabeza en el mullido pecho peludo del mosquetero.
- Qué gusto, mademoiselle.  Decidme que os habéis quedado satisfecha porque cuatro es más de lo que acostumbro.
- Oh, no ha estado mal pero un quinto garantizaría que nos volviéramos a ver.
- Qué dolor me causais, no veo la manera de despertar al durmiente.
- Dejadme probar.
- Soy vuestro.
Y así la pilluela, haciendo uso de sus dotes orales, le habló la lengua de las gasconas al petit Porthos, que flácido, desmayado, casi muerto, colgaba a un lado de la entrepierna de su explotador.  Comenzó a prestar oídos, levantando la cabeza.  Ella le animaba amorosamente: Allez! Mon petit.  Y él estira que estirarás el cuello hasta conseguir alcanzar los labios calientes, adentrarse y presentar sus respetos a la jugosa lengua.  D’Artagnan se lo zampó por entero y no lo soltó hasta verlo convertido en un garrote.
- Si yo tuviera su energía...
- Shhh... mi campeón, dejadme montaros ahora a mí que bien habéis cumplido.
Dicho y hecho, la moza se sentó a horcajadas sobre Porthos tragandoselo de nuevo sin dificultad.  Qué montura tan firme, qué diferencia con su pobre jamelgo.
- ¡Arre, arre, caballito!
- Si me trotáis así, me vendré en seguida.
- Yo no me apeo, aguantad que ya llego.
Arre, arre y el mosquetero colorado resistiendo el brío de su amazona que, por ventura, mucha calentura llevaba acumulada y el roce pronto la hizo saltar y retocerse y dejar todo pringoso al feliz caballero.
- Apartad, mi dama, que esto salpica - y ya lo creo si salpicó, el alma soltó allí el gentilhombre, que otra cosa ya no le quedaba en la reserva -.  Ah, sois la mujer más increíble de París, casaos conmigo aunque suponga mi muerte por agotamiento.
-¡Uy!  Mal vamos.
- Almorzad conmigo mañana, al menos, y conoceréis a mis amigos.
- Si convidáis vos.
- Hecho.  Nos vemos a las doce en el hostal “Flambage des porcs”, aquí os anoto la dirección, queda cerca del puente.
- Bien.  ¿No sabréis de alguna habitación para pernoctar hasta nuestra cita?
- Con gusto os alojaba en la mía pero mi casera es en exceso casta y puritana.  Hum... os anoto también la dirección del caserón de un buen amigo, decidle que venís de mi parte y os respetará.  Pero queda lejos, en Montmartre, por fuerza habréis de cruzar el Sena.
Se despidieron con un beso.  El mosquetero debía recuperar fuerzas y la señorita continuar sus aventuras.

...

2 comentarios:

  1. "Arre, arre" ja,ja.
    El francés parece un idioma muy sexy.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja, sip, me es imposible pensar en Los Tres Mosqueteros sin añadir el tono burlesco tan característico.
      El francés es un idioma tremendamente sexy. Hace años tuve un amante medio francés y sé de lo que hablo xD

      Eliminar