martes, 31 de diciembre de 2013

Mademoiselle D'Artagnan y los Tres Mosqueteros (10)


Alto estaba el sol cuando D’Artagnan volvió del reino de los sueños.  Athos había levantado el vuelo pero no había olvidado el nuevo afecto y colgado sobre la silla se encontraba un traje de mujer con todos los complementos.
    - ¿De dónde lo habrá sacado? - pensó.  Pero al momento un par de golpes en la puerta y la voz gastada de Grimaud.
    - Mademoiselle, si tiene hambre, en la cocina hay huevos con tocino.
    Saltó de la cama y se colocó las prendas por encima con el corset sin abrochar.
    - ¡Voy! ¡No te los acabes todos, truhán!
    Comía D’Artagnan como si viniera el apocalipsis y Grimaud  se la comía a ella con los ojos.
    - Tengo una buena salchicha para acompañar si os quedáis con hambre.
    - Muy agradecida pero tu amo ya me dió buena ración - y le hizo un guiño.
    - ¿El amo? ¡No!  Imposible.  No ha catado hembra desde… desde que lo conozco.
    - ¿Y hace mucho de eso?
    - Pues años ha.  Aunque una vez oí el rumor de que había estado casado…
    Din don dan.  Las campanadas de la iglesia.
    - ¿Las diez ya? - preguntó D’Artagnan.
    - No, que son las doce.
    Blanca como la cera, apuró el tocino y engulló el pan, para luego correr escaleras arriba y abajo y apremiar al pobre criado para que ensillara su jamelgo.
    De poco le sirvió tener el animal vestido, descansado y alimentado, seguía siendo su viejo amigo, más viejo que amigo, y tuvo que viajar a pie estirando de las riendas.  Pero se sentía feliz, aquella prometía ser una nueva jornada de aventura en París.  
Preguntando aquí y allá, al fin consiguió dar con el hostal “Flambage des Porcs” donde había quedado con Porthos y también con Aramis.  Confiaba en que el primero la esperaría todavía y que la segunda no tardaría mucho pero algo de tiempo le proporcionaría para advertir al gran mosquetero de su llegada.  ¿Se disgustarían por compartir su amistad?  Tal vez lo más sensato sería guardar silencio sobre el asunto.  La semana tiene varios días, bien podía quedar cada día con uno diferente y por las noches aprovechar la hospitalidad del señor Athos.  Así soñaba la joven gascona cuando a través de la puerta vio a Porthos conversando…
- ¡Ahí está! - exclamó el grandullón.
- ¿Vuestra amiga? - asomose Aramis.
- No será tan bonita… - la voz de Athos.
Ni que decir que el momento fue épico y que si D’Artagnan no subió a su caballo y emprendió el galope fue porque el palomino estaba distraído comiéndose las flores que en la maceta cultivaba la hostalera.  Eso y que las piernas no la sostenían como debieran.  Fue Aramis, la más versada en asuntos del corazón y alcoba, quien habló para romper el incómodo silencio.
- Resulta, compañero, que esa también es la dama mojada de la que os hablaba.
- Vaya… - suspiró Porthos algo desilusionado -.  Sabía, D’Artagnan, que vuestra calentura superaba a la de cualquier otra pero guardaba la esperanza de haberos dado acción suficiente para que me recordarais durante algunas  horas más.
- Grrr… - gruñó Athos -.  No sólo os ha sido infiel con Aramis, que a la noche ya andaba la pendenciera buscando más con mi criado.
- ¡Eso sí que no! - se defendió la aludida.
- Explicaos, que tengo el cinturón caliente - dijo Athos con los dedos nerviosos sobre la hebilla.
- Dadme al menos un trago que vengo sedienta…
- ¡Hablad!
- Calmaos, amigo, este apremio corresponde a nuestro buen Porthos y acaso a mí, que realmente creí en sus sentimientos - Aramis forzaba una sonrisa hacia D’Artagnan.
- Pero… pero… todo lo que os dije, Aramis, era cierto y así lo siento.  Me duele el pecho sólo de veros tan cerca y no poder enredar los dedos entre vuestros rizos, que mi alma ya no es mía, que la robasteis con un beso.  Pero Porthos, no me odies, no es menos cierto que con gusto me encerraba con vos ahora en la trastienda para que me saquéis el demonio a golpe de garrote, vuestro garrote, que no hay par en toda la comarca, que digo… ¡En el mundo entero!
- ¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti, mujer? - Athos temblaba de la ira.
- ¡¿Vos también?! - exclamaron a la vez Porthos y Aramis.
- A ti, Athos, te tengo aquí - respondió D’Artagnan presionándose la frente -.  Eres la aventura que mata el aburrimiento y no puedo imaginarme que triste sería mi existencia sin tu amistad.
Se hizo de nuevo el silencio.  Y de nuevo Aramis fue el más valiente.
- ¡Ea!  No se hable más, la dama ha hablado y nos quiere a los tres.
- ¡Inaudito! - las manos a la cabeza se llevo Porthos.
- ¡Imposible! - el puño de Athos golpeando la mesa.
- Entonces hagamos como Salomón y cortemosla en tres cachos.  De cintura para abajo para Porthos, para mí el pecho y vos, Athos, disfrutad de la cabeza.
- Si eso fuera posible…
- ¡Calla, loco!
- No, no basta… - sollozaba d’Artagnan -.  ¿Quien soy yo para entrometerme en vuestra amistad?  Tres mosqueteros, tres hermanos de armas y mucho más.  No peleeis por mí, que media vuelta me doy y os dejo en paz.  Para mi tierra me marcho y feliz de haber disfrutado, aunque sólo haya sido un día, de vuestro cariño.
Se miraron los tres mientras la joven acariciaba la crin del caballo para avisarle que se había acabado el banquete de flores.
- Lleva razón la descarada - Porthos metió baza -.  ¿No podríamos compartirla como buenos hermanos?
- Ocurrente herejía - rió por lo bajini Aramis.
- Ah, está bien.  La prefiero compartida antes que perderla - cedió al fin Athos -.  Pero no respondo del estado de tus nalgas esta noche.
- ¿De verdad? - se lanzó D’Artagnan al grupo de los tres.  ¡Qué feliz me haces, señor gruñón!
- Me he perdido… - Aramis miró encogiéndose de hombros a Porthos que le devolvió el gesto.
- Entonces  ¿Una para todos? - preguntó tímida D’Artagnan.
Se miraron los tres mosqueteros riendo y estrechando sus manos las alzaron gritando:
- ¡Y todos para una!


Fin. 

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4 comentarios:

  1. Gran historia.

    ¡¡Feliz entrada al 2014!!

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    Respuestas
    1. ¡Feliz año!!!

      Quería terminar la historia antes de cruzar el año. Misión cumplida xD

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  2. Entonce cada mosquetero la tendra dos dias a la semana y el domingo descansara, digo que va a necesitar ese descanso
    ;)

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