viernes, 7 de febrero de 2014

Manual del Buen Casanova (12)



Las manos.
    Las manos eran en la antigüedad la zona permitida para que el amante o admirador accediera a su amada sin reproches.  Un beso en la mano no suponía ningún escándalo social ni insulto hacia el marido de la dama, pero cuántas cosas se podían decir con ese simple beso ¿verdad?
    Existe todo un arte para inflamar a través de las manos.  Podemos acariciar suavemente con las yemas de los dedos, besar, llevar nuestra mejilla a su palma implorando contacto… O podemos ser algo más agresivos: corretear con los dedos, aprisionar, lamer, mordisquear con cuidado…  Incluso jugar a taparle los ojos y que palpe diferentes partes de nuestro cuerpo para adivinar de cuál se trata.  Todo vale menos agarrarle la mano y llevarla a nuestra entrepierna.  ¡Zapato!  ¿No hemos explicado ya lo nefasto de la impaciencia?  Deja que venga.  Si lo has hecho bien vendrá, suplicará poder tocarte.

       Los pies.  Cuando hablamos de manos, tenemos que hablar también de pies.  No quiero extenderme con el tema porque la mayoría de mujeres son reacias a sus pies aunque, a las que les gusta que les toquen los pies, les gusta mucho, por lo que también hay que tenerlo en cuenta.  Dejando a un lado el fetichismo, la manera más común de dar placer a través de los pies es con un masaje.  Los besitos y mordisquitos también son bienvenidos pero cuidado con las cosquillas.

Orejas.
         Qué nombre tan poco sexy para una parte de nuestra anatomía tan sensual.  Antes de nada, haced el favor de no follarle el oído con la lengua, vulgarmente hablando.  Habrá quien le excite pero yo no le veo la gracia a que te llenen de babas el oído.  Os arriesgáis a que a la próxima se ponga tapones de cera a modo de profiláctico.
         Las orejas son todo un mundo para explorar, llenas de surcos y caminos.  Aquí, más que los dedos, mejor emplear la boca y la puntita de la lengua.  Besos, mordisquitos y, sobretodo, lo más importante, vamos a excitarla con susurros.  
Si el ambiente está caliente, podemos soltar alguna grosería que muestre nuestro animal interior.  La fiera contenida por el caballero pero que no tardará en aparecer y comerse a  la bella.  Podemos hasta contarle una historia breve y perversa donde no haya lugar para la imaginación.  Por supuesto también podemos ser dulces pero, creedme, cuando la acción está cerca, es más excitante el gesto agresivo, el gruñido, que una miradita tierna.  Todo en su momento.

Ejemplo de susurros sugerentes (siempre en caliente).

De él a ella:
“Si me tocas, notarás cómo me pones” - si os toca, suertudos, si no, no vale insistir.
“Te la voy a meter despacio… hasta el fondo” - es importante hacer pausas de suspense y no ahorrar en suspiros.
“He soñado que lo hacíamos por detrás” - sólo si ya habéis practicado sexo anal y a ella le gusta.  Otra variante perfectamente aceptable es: “He soñado que me lo hacías por detrás”.
“Voy a atarte y follarte hasta que me canse” - el objetivo no es cumplirlo, a no ser que ella salga corriendo a buscar las correas emocionada, sino evocar ese tipo de fantasía femenina y conseguir que tenga un estremecimiento placentero (vamos, que se moje).
“Y Zeus convertido en un toro blanco se tiró a Europa… La tenía atrapada entre las patas y se la iba metiendo…” -  vale, es algo fuerte, juju.  Probemos mejor con esto: “Zeus convertido en lluvia de oro cayó sobre Danae… Se metía en su boca… ¿Quieres que me meta en tu boca?... Cubría sus pechos y resbalaba por su vientre con intención de filtrarse por dentro y llenarla toda…” - sirven pequeños cuentos o escenas sacadas de la última película que habéis visto juntos, también una escena inventada de lo que os hubiera gustado que sucediera.
Podéis dejarla participar pidiéndole que os cuente una fantasía suya y devolviéndole los comentarios en forma de susurros: “Eso es muy fuerte”.  “Me estoy excitando”.  “Voy a hacerte lo mismo”.

De ella a ella:
“No puedo estar más mojada” - tendrá la tentación de comprobarlo.
“Voy a meterte el dedo… ahora…” - si le gusta más volumen: “Voy a metértelos todos… ahora…” - la intención no es realmente ir a por ella sino mantenerla a la expectativa.
“No me importa si estás lista… tengo un juguete nuevo y voy a probarlo contigo…” - si se asusta, le dáis un besito en el cuello para que se tranquilice.
“Voy a hacerte gritar… mi nombre...” - ahí, con chulería.
“¿Te acuerdas de nuestra primera vez?  Temblabas… como ahora.  ¿Qué te hice?  Dímelo” - que hable y, mientras, gemís y la acariciáis cerca del pubis pero sin atreveros a abordarla directamente.
Vale la opción de explicarle una fantasía propia o hacer que os cuente la suya.

Próximo capítulo:  La Boca
 

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