miércoles, 21 de mayo de 2014

Manual del Buen Casanova (26)




BDSM
Bondage, dominación, disciplina, sumisión, sadismo y masoquismo es lo que significan las siglas BDSM.  Debido a la literatura, la franqueza sexual de nuestros tiempos y el icono erótico que supone todo lo relacionado con ataduras, azotes y damiselas encorsetadas con látigos, se tiene una visión muy distorsionada de lo que realmente es.  El BDSM no es un juego, es en realidad una filosofía de vida muy particular para la que hay que tener vocación y estar preparado psicológicamente.  No le recomendaría a nadie sin inquietudes sadomasoquistas que, de pronto, una noche se colara en un mazmorra a dejarse zurrar.  ¡¿Dónde vas, pildorilla?!  La gracia le costará un buen trauma aunque la zurradora sea una belleza sin igual.
No, no es un juego y tener curiosidad no es motivo suficiente para adentrarse a lo loco en un mundo tan complejo.  Primero lo que he dicho antes, es necesaria cierta inquietud por el tema, y luego una iniciación de la mano de alguien experto que te vaya poniendo a prueba poco a poco, sin prisa pero sin pausa, hasta sentir que has llegado a tu límite o demasiado cerca.  Alguno dirá que los límites están para superarlos y que cuanto antes mejor; eso demuestra que no tiene idea del terreno que pisa.  Las consecuencias de no ser consciente de (o no importarte) tus límites incluyen daños psicológicos como: ansiedad, depresión, evasión de la realidad, pérdida importante de autoestima, etc.  Eso simplemente aceptando el papel de sumiso pero si cometes la imprudencia de hacer de dominador sin un mínimo de formación estás poniendo en grave peligro a tu pareja, tal vez incluso con riesgo a su integridad física y moral.
Ahora bien, vamos a quitarle seriedad al asunto y hacer sólo como que jugamos a BDSM.  ¿Se puede? ¡Pues claro!  Es muy recomendable romper nuestra rutina sexual con juegos de rol, de dominación y algo de ataduras ligeras.  El objetivo será el morbo pero también las risas.  ¿Véis la diferencia?  En una mazmorra real no hay risas (sólo las malévolas) porque los participantes, tanto de uno u otro lado, están demasiado concentrados en su éxtasis particular.  Para nuestros juegos inofensivos echaremos mano de la imaginación.  También podemos visitar una sexshop y adquirir cuatro cosillas como una fusta suave (en las sexshops normales no suelen vender nada extremo), plumas, antifaz, ligaduras abrefácil (las de velcro son efectivas y no lastiman, mejor que unas esposas), etc.  Cuerdas no a menos que entendáis un poco y, en ese caso, tened cerca unas tijeras.  La lencería es siempre bienvenida y toda mujer debería guardar un corsé en su armario para las ocasiones especiales.  
       A la hora de jugar no suele hacer falta ninguna palabra de seguridad porque ninguno de los dos es realmente sumiso ni va a dejar que le den sin protestar pero, si habéis decidido jugar un poco más en serio, no viene mal tener una por si acaso se os va de las manos y hay que parar.  Utilizar un sistema de semáforos no es muy práctico si estamos de cachondeo ya que podemos tener la tentación de nombrar los colores (verde, amarillo y rojo) como indicativo de nuestra excitación.  La idea en sí ya es divertida y morbosa.  Así que mejor usaremos una palabra que no tenga nada que ver.  En cualquier caso, si habéis gastado vuestra palabra de seguridad y en más de una ocasión, deberíais plantearos si no estáis llevando la diversión demasiado lejos.  Habladlo con franqueza.  ¿Hay alguno de los dos que sienta que quiere más y que no puede parar?  ¿El otro se siente igual o experimenta cierta inquietud e incomodidad?  No conviene que sigáis adelante sin un mínimo de iniciación y formación.  No es difícil entrar en el mundillo a través de foros, clubs o fiestas.  Sólo hay que recordar que uno es novatillo y está para aprender.  Escuchad también al otro miembro de la pareja, no le empujéis con excusas de “no pasa nada” o “te acabará gustando”.  Sí que pasa ¿vale?  El respeto es básico y para la gente del BDSM es ley, nada se hace sin el consentimiento del otro, aunque visto desde fuera no lo parezca.

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Próximo episodio:  Voyerismo y exhibicionismo

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