miércoles, 25 de marzo de 2015

No hay nada más triste que perder una vida joven



Todas las vidas son importantes y todas las vidas que se pierden causan dolor y pena.  Pero no hay nada más triste que perder una vida joven.  Cuando son 16 que se van de golpe, sin avisar, no puedo imaginarme la tragedia que supone para una familia, un colegio, una ciudad, el país entero y hasta el continente. 

No puedo imaginarlo pero es leer la noticia y echarme a llorar porque no importan los kilómetros de distancia ni que hablemos lenguas diferentes, existe un lenguaje universal y es el amor de los padres hacia los hijos o el mismo amor de los jóvenes hacia la vida, que acaba por contagiarte y maravillarte.  Los niños son elogiados por su inocencia, ternura y gracia innata pero son los adolescentes los que, cargados de energía, cuestionan el mundo en el que viven y lo impulsan hacia delante.  Tantas ganas de vivir y de aprender.  ¿Qué haríamos, pobres de nosotros, sin sus sueños?  Todo es posible para ellos-as.

No voy a hablar aquí de esas otras vidas jóvenes que no se pierden en accidentes ni enfermedades.  Son los que son secuestrados por la maldad de los dirigentes para luchar en sus guerras, o robados de sus camas, todavía con peluches, para ser explotados por las mafias.  Mueren invisibles bajo el velo de la sociedad que les regenta, que prefiere utilizarlos hasta destruirlos para luego olvidarlos.  Yo no los olvido.

Pero hoy toca hablar de accidentes de avión.  Y es que ni todo el amor del mundo ni la sociedad más perfecta puede evitar a veces perder a su tesoro más valioso: una vida joven.


http://internacional.elpais.com/internacional/2015/03/24/actualidad/1427229028_134022.html?ref=rss&format=simple&link=link

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