jueves, 28 de marzo de 2013

Mademoiselle D'Artagnan y los Tres Mosqueteros (7)

    "Muchacha en la ventana"  by Murillo


     El choque de la puerta le hizo saltar del susto.  Sus pechos sacudidos por la respiración agitada y más allá la fría noche que amenazaba con tragársela.  Sin dinero, medio desnuda y a cargo de un jamelgo desfallecido.  ¿Qué posibilidades había de que llegara viva al mediodía de mañana donde sus amigos podrían prestarle ayuda?  Pocas.  Su salvación dependía del aquí y ahora y de que pudiera convencer al amo de la finca.  ¿A ese? -pensó D’Artagnan-. A ese no lo conmueve ni un coro de monjitas llorando, habría que tratar el asunto por la fuerza.
    - ¡Abrid!  ¡Abrid, malnacido, hijo de perra sifilítica, canalla de poca monta!  ¡Abrid o tiro la puerta abajo y con ella estampo vuestra jeta contra el suelo! ¡Abrid he dicho! -gritaba como posesa la muchacha acompañando sus insultos de patadas-. ¡He conocido cerdos más gentiles y ratas con más educación!
    Pero nada, el mosquetero la ignoraba por completo hasta que ella agarró una piedra y la estampó contra el cristal de la ventana enrejada, que estalló en mil añicos.
    - ¡Así os muráis de frío como permitís que lo hagan las amigas de vuestros amigos! ¡Apestáis más que un pelo en el culo de Belcebú!
    Y la puerta se abrió de golpe.
    - ¡Ah, bellaca, ramera, voy a cerrarte la boca a bofetadas! -y el mosquetero apareció arremangado y preparado para la acción.
    - ¡No esperaba menos de un cobarde!
    Pero D’Artagnan no aguardó a que viniera por ella, fue directa a su objetivo, esquivando al hombre y colándose por una rendija, entró en la casa y corrió hasta el fondo del pasillo.
    - ¡Aquí, señor! ¡Aquí ando! ¡Venid a por mí si la borrachera os lo permite!
    - ¡No te quedará trasero para sentarte cuando acabe contigo!
    - Más respeto, señor, que estáis frente a una dama... -y comenzó a tirarle cualquier objeto a su paso-.  Bonito jarrón... ¡Ahí va!  ¡Cuidado que vuelan botas! ¡Adios silla!
    - ¿No te cansarás, mujer?  ¡Me vas a dejar sin casa!
    - ¡Ni para vos ni para mí, es lo justo! -pero se quedó sin más objetos que lanzar, sólo una mesa demasiado pesada.
    - ¿Agotada?
    - Ni por asomo, sois vos el que jadeáis como una buscona en un cuartel.
    D’Artagnan interpuso la mesa entre los dos y esquivaba sus agarres con graciosos movimientos.
    - Habéis estado cerca, probad otra vez...  Casi... A la derecha, señor, a la vuestra no, a la mía... Ops...  Si os robo un beso me gano vuestra rendición.
    - ¿Qué?
    La intrépida saltó por encima de la mesa con la agilidad de una gata y fue a plantarle un beso en los morros al mosquetero para escapar después de su alcance.
    - ¿Pero qué?
    - Vuestra rendición, caballero, lo prometido es deuda.
    - ¡No he prometido nada!
    Se miraron con fiereza los dos y supo el mosquetero que a determinación no la ganaría jamás.
    - ¡Oh, basta!  No tengo edad para estos juegos -levantó la silla del suelo y se dejó caer-.  ¿Qué es lo que quieres de mí, mujer?
    Ella le extendió la mano en un gesto de confianza.
    - Mademoiselle D’Artagnan para serviros.
    Y él se la estrechó en rendición.
    - Athos.
    - ¿Marqués, conde de...?
    - Sólo Athos.
    - Bien, sólo Athos, vuestro amigo Porthos me encomendó a vos para que me dierais alojamiento y comida por esta noche.
    - ¿Alguna carta que de fe?
    - Guardada en mi falda, que acabó empapada en el río y que además sirvió de camuflaje a otro de vuestro regimiento...
    - No quiero saber más, hasta hablando me agotáis.  ¡Grimaud!
    Al momento apareció un criado desgarbado y mal vestido, peor que su amo.
    - Pon un plato más en la mesa, la moza... er, la señorita se quedará a cenar y a dormir.
    - ¿En vuestro cuarto, señor?
    - ¡No! - gritaron D’Artagnan y Athos a la vez.
    - En el tuyo, asno, tú dormirás en la cocina.
    - ¡Oh! - exclamó D’Artagnan -.  Con una casa tan grande y tantas habitaciones pensé...
    - No están habitables y no penséis, no es propio de vuestro género.  Seguro que fue por pensar demasiado que habéis perdido la falda.
    - Fue el corazón y no la cabeza el que me ha llevado a este desatino - gruñó la damisela.
    - Comed y dormid lo que queráis pero sólo os pido una cosa, cerrad ese hermoso pico y dadme un respiro.
    - Pero...
    - ¡Chitón!
   
...

2 comentarios:

  1. Athos me ha decepcionado, pensé que aquí iba a haber amor salvaje, bueno la noche aun no acaba.

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    1. ¿Amor salvaje con Athos? Jajaja, no sé yo, siempre ha sido el más serio de los mosqueteros ;)

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